lunes 27 febrero 2017
Opinión

Sin Estado, sin Gobierno, sin Presidente

Una triste constatación.

 

— Édgar Gutiérrez

Cuando el aparato central del Estado funciona, parece secundario quién es el presidente. Ronald Reagan es reconocido como uno de los grandes presidentes de los EE. UU. y, sin embargo, es de los que con menos preparación llegó a la Casa Blanca, a pesar de haber sido gobernador. No trabajaba mucho y entendía menos, pero tenía un equipo competente que hacía las cosas por él. Reagan memorizaba el guion y con oficio de actor lo interpretaba impecable ante las cámaras.

Richard Nixon tampoco fue un gobernante sobresaliente, al contrario. Tenía además en contra la falta de carisma; sin embargo, contaba con un estadista, el secretario de Estado Henry Kissinger, que gobernó por él. Solo cuando a Nixon se le ocurría actuar o hablar sin consultar, se metía a líos. Y acabó tumbado por eso mismo, con el escándalo de Watergate.

En países chicos, pero en bonanza, los presidentes resultan también un factor secundario. El exorbitante crecimiento económico de Panamá, por ejemplo, sobrevivió, entre 2009 y 2014, a un presidente improvisado y extravagante, Ricardo Martinelli, ahora, por cierto, involucrado en actos de corrupción, incluido el escándalo Odebrecht. Pero en países con baja institucionalidad y frágil crecimiento, las conductas de un gobernante resultan más que anécdotas o titulares de prensa. Impactan en la gobernabilidad y en el clima de negocios. Óscar Berger más o menos se salvó porque repartió el pastel del gobierno entre la elite económica, que lo cubrió.

En los grupos de enfoque que llevé a cabo en 2015, en medio de la crisis política que dio cuenta del gobierno del Partido Patriota y sacó del ring al partido Lider, la gente optó por algo distinto. El presidente que querían era: un no político, que viniese desde abajo y conociera las necesidades del pueblo, y fuera humilde. Era el retrato hablado de Jimmy Morales.

Un año después sus votantes están arrepentidos. No haber salido de la clase política tampoco fue garantía de honradez. Ni su raíz en el pueblo se tradujo en eficacia social. Lo único cierto es que la inexperiencia y el desconocimiento parecen enfermedades crónicas del Presidente. La incompetencia califica su gestión. No ha tenido la pericia de Reagan de rodearse de un equipo que gobierne sin arrugas por él. Ni cuenta con un estadista a la diestra, como lo tuvo Nixon. Tampoco Guatemala vive años de jauja, sino de riesgos económicos y financieros.

Guatemala es un Estado ausente, con gobiernos “chambones” –como dice Edelberto Torres-Rivas– y ahora con un presidente que camina sin rubor carente de competencias. Se mueve pendularmente entre la humildad y quien todo lo sabe. Pero por él habla no tener consejeros idóneos, la falta de liderazgo y una gestión ausente y a la deriva.

Lo que probablemente va a ocurrir este año es que se encerrará entre lisonjeros que le juran lealtad y amistad, comparándolo con los reyes David y Salomón del Antiguo Testamento. No sé de ningún presidente que haya escapado de la adormidera, pero al menos mantenían un ojo abierto y, por momentos, sabían reaccionar. La amenaza que se asoma para la gobernabilidad es que de la violencia verbal que nos anega pase a violencia política, dando un salto hacia atrás de 20 años. El Presidente y sus servicios de inteligencia estarán bajo efectos de la adormidera. La protesta de 2015 #No tengo presidente es ahora una triste constatación.