Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Risotadas

Admiro a quienes en medio de la adversidad siempre andan tirando calle, tirando barrio, tirando risotadas.

 

— Marcela Gereda
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Entre las sociedades tradicionales existen dioses que además de reírse de sí mismos se burlan de la sociedad humana y sus limitaciones.

Desde tiempos antiguos saberse reír de sí mismo es propio de una capacidad alta del ser. Diversos antropólogos han estudiado cómo la risa en su función como medio de creación del cosmos y de la vida aparece en diferentes mitos.

Por ejemplo, la vinculación de la risa al Sol en la cultura griega se hace patente en uno de los himnos neoplatónicos dedicado a Helios: “Tus lágrimas son el género humano lleno de dolores. Riendo has dado al mundo lo más sagrado al género humano”.

En otro mito sincrético se fusionan elementos griegos y egipcios en donde la alegría y la risa divina son necesarias para el nacimiento de siete deidades, incluyendo a Psiquis:

“Dios estalló en siete carcajadas y nacieron los siete dioses que abrazan el mundo. La séptima vez rio con alegría y nació Psiquis”.

Hay risa amarga, ácida, dulce, tierna, falsa, y hay también risotadas, esas que vienen desde atrás.

La risa es contagiosa. Haga usted, amigo lector, el experimento de reír desde dentro y va a ver lo que sucede a su alrededor.

Luis Cardoza y Aragón decía que Guatemala es un pueblo que no ríe y que no canta. Muchos dicen que a los chapines nos hace falta aprender a reírnos de nosotros mismos.

¿Qué tendrá la risa que, cuando viene desde atrás, es capaz de liberarnos de nuestros miedos y  colocarnos más allá de nuestras tristezas?, ¿qué sucederá debajo de los poros que cuando la risa es compartida además de mover cuatrocientos músculos, nos sentimos más altos?, ¿qué componente de las carcajadas compartidas y contagiosas es el que nos hace sentir inmortales?

He estado hablando con los beduinos, recorriendo las dunas  del desierto del Sahara, y fue entre aquellos viejos sabios que aprendí que no hay nada más valioso en la vida que reír a  carcajadas con los amigos.

Si algo aprendí de los beduinos en el desierto es su manera de siempre terminar las frases y las conversaciones con una sonrisa amplia, abierta al mundo. Es su manera de ofrecerse a los otros, es su guiño en forma de un lenguaje sin palabras.

No entiendo a esas personas que siempre se quejan de todo aquello que no tienen, que no saben reírse con otros, ni de sí mismas. Admiro a quienes en medio de la adversidad siempre andan tirando calle, tirando barrio, tirando risotadas.

Las propiedades desintoxicantes de la risa fueron descubiertas desde hace mucho tiempo por los antiguos sabios de Oriente. El bienestar espiritual que produce se explica por su capacidad para crear un espacio para estar con uno mismo y ubicarnos en el aquí y el ahora. En la India existen  templos sagrados donde se practica la risa, es considerada una gran técnica de meditación.

Ciertos estudios han probado que la risa produce en nuestro cerebro un aumento en la concentración de los neurotransmisores relacionados con los circuitos fisiológicos del bienestar. La segregación de endorfinas en nuestro cuerpo  se activa con una simple sonrisa.

Además a través de la risa nos relajamos: la columna vertebral y las cervicales, donde solemos acumular las tensiones, se estiran. Limpiamos nuestros ojos: las carcajadas hacen vibrar la cabeza, despejan la nariz y el oído y activan nuestras glándulas lagrimales. También  oxigenamos nuestros pulmones. Nos ayuda a estar más felices: activa el sistema neuroendocrino favoreciendo la producción de neurotransmisores o mediadores en el cerebro, que ayudan a un buen equilibrio psíquico de la persona. Provoca gran serenidad, reduce la ansiedad, el estrés y aumenta la creatividad.

En este Día del Cariño que el mercado utiliza para vender la nada a los consumidores adormecidos y en un mundo donde casi todo es mercancía y que produce alienación, deshumanización y artificialidad, es la risa compartida la que nos devuelve nuestra esencia humana.

Todos buscamos la belleza, en nuestras relaciones, en la amistad, en nuestro trabajo, también en los encuentros y desencuentros, creo que donde encontramos la belleza más grande es en la risa compartida, agradezco a mis amigos por enseñarme el valor de la risa, que crea una complicidad atemporal y conecta con las constelaciones de la infancia y el azul del horizonte.

Deseo a todos mis lectores que mañana 14 de febrero (y cada día que le siga) esté lleno de grandes y verdaderas risotadas, esas que nos ponen a bailar el corazón y que nos hacen un cachito más altos.

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