Viernes 16 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El origen y el futuro del hombre

La evolución de todo no se da aisladamente, sino en una compleja ecología, en la que todo coevoluciona.

— Roberto Blum
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Charles Robert Darwin nació el 12 de febrero de 1809, mañana hará 208 años. Su trabajo científico y su descubrimiento del mecanismo evolutivo son quizás los más trascendentes en toda la historia humana. Parecería que nada puede compararse con la gran revolución que generó su explicación sobre la evolución de todo, absolutamente todo, mediante el mecanismo de la selección natural.

Es cierto que el propio Darwin –un verdadero científico decimonónico y además inglés– nunca se atrevió a decir tal cosa. De hecho, él fue tan cuidadoso que pasaron veintiún años desde el momento en que concibió el mecanismo de transmutación de las especies, como resultado de la observación y el análisis de multitud de datos, hasta que publicó su descubrimiento, en 1859, con el título El origen de las especies por medio de la selección natural.

El mecanismo darwiniano de la evolución –la selección natural– es tan poderoso que permite explicar absolutamente todo lo que existe en el universo. No son solo los seres vivos los que evolucionan por este medio, sino también la mente, las ideas, las lenguas, las sociedades, y todos los productos humanos y tecnológicos. El mismo hombre, el homo sapiens, es producto del mecanismo que mueve la eterna transformación que Darwin y Alfred Russel Wallace descubrieron  independientemente.

Al enfocarse en el origen del hombre, Charles Darwin encuentra y enfatiza la importancia de otro nivel del mecanismo universal de selección que mueve la evolución: la selección sexual. El sexo, igual que todo lo existente, es producto de la selección natural. Su utilidad parece radicar en ser una defensa eficaz contra los parásitos predadores. La evolución de todo no se da aisladamente, sino en una compleja ecología, en la que todo coevoluciona. Presas y predadores, huéspedes y parásitos, cambian en el ambiente que ellos mismo transforman y que a su vez los obligan a producir nuevos cambios. Nada es estático, todo está en un constante proceso de cambio.

Así pues, la aparición del sexo hace más de dos mil millones de años se convirtió en un nuevo nivel del mecanismo seleccionador. Nunca más serían capaces los seres sexuados de replicarse exactamente. Los descendientes siempre serían algo distintos, y la selección y el cambio evolutivo se acelerarían. El macho y la hembra y, no solo el complejo y cambiante medioambiente, seleccionarían a sus contrapartes en el proceso reproductivo. Es quizás aquí donde comienza el largo proceso de adquisición de la conciencia, que ahora culmina con nosotros, pero que sin duda no termina con nosotros.

La diferencia sexual comienza en el tamaño de los gametos: el de mayor tamaño y costo biológico es el femenino, mientras el masculino es pequeño y barato. Así es que ya desde cientos o miles de millones de años atrás podemos percibir en la naturaleza lo que los economistas han creído descubrir en las actuales sociedades: las leyes económicas de la oferta y la demanda. Las hembras poseedoras del bien escaso, sus gametos, tienen la opción de escoger al macho con el que compartirán su descendencia. Así la evolución biológica y cultural y el propio futuro ya no son totalmente ciegos.

Probablemente en los siglos venideros, nuestros descendientes, biológicos y mecánicos, recordarán y celebrarán la fecha del nacimiento del gran hombre que descubrió la llave para entender el funcionamiento del universo: el inglés Charles Darwin.

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