Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

La guerra de las reformas

Nos distrae del contenido.

— Edgar Gutiérrez
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Estamos ante la puerta de una probable reforma constitucional en el campo de la justicia, y, a la vez, en medio de un tsunami político que sacude hasta los cimientos a los poderes del Estado. El problema es que hay sujeto político perseguido penalmente, perfectamente atrincherado y con capacidades (políticas, económicas, mediáticas y operativas) de reacción y zarpazo. Pero no hay sujeto político de la reforma. La Plaza de 2015, estrictamente hablando, no ha parido aún a los hijos del cambio.

Los sujetos de la persecución penal (MP, CICIG) no pueden ser los sujetos del cambio, pues son externos al sistema político. Pueden desordenar el viejo sistema, buscando la aplicación estricta de la ley, pero no van a poder ordenar el sistema colocando a cada quien en su lugar. Sería mucho pedir y no corresponde a su naturaleza. Los aplaudimos a ellos como a Messi y sus goles, pero no le podemos exigir a la Pulga que pare los penales a Cristiano y Griezmann.

Así, las reformas promovidas por sujetos externos al sistema y resistidas por los íconos del viejo sistema, polarizan el debate. Quienes han apuntalado por años el régimen patrimonialista (que les permite apropiarse bienes públicos) ven en la derrota de las reformas el debilitamiento de la CICIG, MP y hasta de la Embajada EE. UU. También en eso se equivocan y tiran el dinero, pero ese no es el problema. La guerra de las reformas extravía el contenido y la discusión sobre rutas viables para tres objetivos: 1) Justicia independiente, 2) Acceso a la justicia de los pueblos indígenas (forjar eslabones entre el mundo indígena y el Estado) y 3) Abatir trincheras de la impunidad.

¿Cómo apuntalar la independencia de jueces y fiscales? Las Comisiones de Postulación son cohete quemado. Los órganos del Estado no son creíbles como depositarios de soberanía (que son) para elegir a otros órganos de control y contrapeso. Crear órganos con poderes da temor. Acotar las comisiones, no convence. Es problema de enfoque. Queremos las reformas a partir de sujetos externos y descuidamos las reformas internas: los sujetos de adentro, sus sistemas y procesos. El MP, la SAT y ahora la Contraloría producen resultados, pero en esencia siguen siendo instituciones con anomia. Sus fines están desconectados de sus procesos internos y por tanto de sus resultados.

A propósito de resultados. Queremos resolver por arte de magia, en un santiamén, rezagos generacionales. Como si las leyes por sí solas cambian la realidad (es al revés). Las reformas institucionales son lentas, pues tocan la cultura burocrática del servicio público.

En resumen, hay que procesar las reformas constitucionales internamente, esto es, demandar del Congreso responsabilidad (esto no es préstamo de Odebrecht, ni plaza fantasma u otro escamoteo); debe trabajarse simultáneamente los procesos institucionales de reforma: OJ, MP, SAT, incluso Contraloría, pues en sus nuevas leyes y reglamentos hay materia para los cambios. Y, no hay que olvidar, la reforma política, la madre de todas las reformas. Decir simplemente “no” o “sí” a las reformas nos mete al partido de fútbol del viejo sistema que se niega a morir. (Por cierto, impresiona qué cantidad de dinero tira esa gente en net centers y campañas mediáticas inútiles.)

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