Lunes 23 DE Septiembre DE 2019
Opinión

Enfoque: La quema de la embajada

Una tragedia, producto del radical conflicto armado e ideológico que vivimos.

 

Fecha de publicación: 01-02-17
Por: Gonzalo Marroquín Godoy

El 31 de enero de 1980 era un jueves normal en la capital guatemalteca, dentro de lo que cabía en la época. En los días anteriores, se supo de un grupo de campesinos indígenas que habían llegado desde Quiché para denunciar violaciones a los derechos humanos y querían, evidentemente, llamar la atención de la opinión pública nacional e internacional.

No alcanzaron titulares ni se les dio la notoriedad en los medios como ellos deseaban –seguramente­–, por lo que organizaron algo más espectacular. A eso de las 9:30 horas de aquella mañana, la noticia impactó en las redacciones de los diarios: aquel grupo de quichelenses ocupaba la sede de la embajada de España y mantenía como rehenes, además del personal diplomático, a un grupo de destacados juristas guatemaltecos, siendo ellos el ex vicepresidente Eduardo Cáceres Lehnnoff, el excanciller Adolfo Molina Orantes, y Mario Aguirre Godoy.

Algunas versiones dicen que a propósito fueron citados por el embajador español, Máximo Cajal López, para que estuvieran presentes en la sede al momento de la ocupación. Lo cierto es que se convirtieron en víctimas, aunque Aguirre Godoy sobrevivió.

Para quienes no vivieron esa época o para quienes ya lo olvidaron, Guatemala se encontraba bajo un régimen militar autoritario y represivo. El presidente era el general Romeo Lucas García (1978-1982) y el país era escenario de una guerra entre el Ejército y los grupos guerrilleros de extrema izquierda. Ambas facciones cometían atrocidades, como se ha podido documentar en los años que siguieron a la firma de la paz en 1996.

En aquel grupo de campesinos había infiltrados guerrilleros y estudiantes universitarios. Llevaban las famosas bombas molotov –explosivos incendiarios de fabricación casera– y exigían que se suspendiera la represión en Quiché y que se les permitiera dar declaraciones.

En ese tiempo, trabajaba como corresponsal de la agencia de noticias francesa France Presse (AFP), y de inmediato me movilicé a la 6a. avenida y 9a. calle de la zona 9. Al llegar, vi que aquello era ya un virtual hormiguero de personas, entre fuerzas de seguridad uniformadas, vestidas de civil o incógnito, bomberos –solo en las cercanías, porque no se les permitió llegar al punto, ni aun cuando se produjo el incendio–, periodistas y curiosos en general.

Los ocupantes habían logrado captar toda la atención del caso, pero en pocas horas, la violencia se desbordó. A pesar del llamado de las autoridades españolas para que no se utilizara la fuerza para desalojar a los ocupantes, los agentes de la Policía Nacional y de la llamada policía Judicial –los famosos “orejas”–, escalaban por las paredes y tomaban violentamente las instalaciones, después de recibir la orden: ¡procedan!, que los periodistas escuchamos.

Los que estábamos oímos una explosión y pronto las llamas salían por una ventana. La tragedia estaba en proceso. La versión de un sobreviviente decía que los campesinos tomaron a los rehenes y se refugiaron en una habitación del segundo piso. Cuando se produce el ingreso de las fuerzas de seguridad, intentan abrir la puerta, y alguien lanza una de las bombas caseras, que explota dentro de la habitación y causa la muerte de todos, menos del embajador Cajal, quien logra salir.

Como ocurría en aquel entonces –y sigue sucediendo en nuestros días–, las versiones de la izquierda y la derecha difieren y acusan como responsables a fuerzas de seguridad y gobierno –los unos–, y a la guerrilla y al Comité de Unidad Campesina (CUC) –los otros–. La provocación corrió por cuenta de los campesinos, pero la tragedia nunca debió suceder, si se evita la invasión de la embajada. En esa época hubo acciones parecidas en otros países, como Brasil, pero los sucesos no llegaron a extremos y se produjo una negociación.

No hay justificación alguna. Era un riesgo muy grande enfrentar en aquel tiempo al Gobierno –lo que se confirmó–, como era innecesaria la fuerza bruta extrema utilizada. Resultado de los extremismos, se perdieron vidas valiosas de guatemaltecos.