Miércoles 26 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Las tragedias traen dolor y desesperación

Los ascensos a los volcanes son una maravillosa oportunidad para disfrutar la hermosa creación de Dios, gozarse.

— JORGE H. LÓPEZ
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Quizá a la alegría, a la emoción de organizar el ascenso al volcán de Acatenango le faltó una dosis de previsión, un consejo, información de las condiciones climáticas en la fecha escogida y la selección adecuada de ropa para bajas temperaturas, datos que no pueden pasar inadvertidos y sin ponerles atención. Ahora después del trueno vienen los “expertos” a dar puntos de vista y las instituciones gubernamentales o no gubernamentales iniciaron la danza de quién tuvo la culpa y qué debe hacerse para evitar otras tragedias como la que enlutó al país a inicios del mes. No puede decirse que sean esporádicos los grupos de montañistas aficionados, expertos o voluntarios que suben a los volcanes más cerca de la capital en esta época del año, ese mismo día hubo otros que tuvieron un final feliz en su caminata, otros realizan lo que llaman la trilogía que incluye los volcanes de Agua, Fuego y Acatenango.

No es momento de echar la culpa, pero sí de reflexionar en el intento de escalar las montañas. Hay que ser sabio, prudente, seguir las recomendaciones, la Biblia dice que el que es paciente muestra discernimiento. Estar agrupados para darse calor unos a otros, para guiarse, mejor si hay uno que es sabio, porque un ciego no puede guiar a otro ciego, que asuma el liderato para seguridad de todos, para que no se pierdan y sigan los senderos establecidos por los expertos y las indicaciones. No puede predecirse lo que se encuentra en el camino de un ascenso. Hace muchos años en el volcán Santiaguito, uno de los grupos más conocidos de montañistas quetzaltecos, con experiencia internacional, murieron como consecuencia que en el momento de iniciar su caminata el volcán lanzó cenizas y gases tóxicos. Vinicio Álvarez subiendo el Aconcagua, la montaña más alta de América, enfrentó una tormenta y para evitar ser arrastrado y quedar sepultado por toneladas de nieve, se aferró a una roca, le amputaron extremidades superiores.

Otra historia interesante que no puede quedar en el olvido del tiempo, es la experiencia de Jaime Viñals, guatemalteco, el primer montañista centroamericano de llegar a la cima del Everest, la montaña más alta del mundo. La primera vez se quedó a cuatrocientos metros de culminar su objetivo, las condiciones del tiempo lo hacían imposible y su estado físico estaba dañado como para seguir y abrir la brecha de una muerte segura. Proverbios dice que el hombre prudente ve el mal y se esconde. La conquista fue hasta en el segundo intento, en ambos casos llevando el consejo, la guía, la enseñanza de los sherpas, habitantes de Nepal y con muy buenas condiciones físicas para escalar montañas, son guías expertos.

Los ascensos a los volcanes son una maravillosa oportunidad para disfrutar la hermosa creación de Dios, gozarse. Ver las noches estrelladas y los resplandecientes amaneceres en las cimas de los colosos, además de la ocasión de hacer ejercicio sano, pero no son una ocasión para enfrentar el peligro y para eso se necesita prudencia para ir, regresar y contar las historias que se crean en el recorrido. Una vivencia para compartir con la familia. Miremos desde este punto de vista que la montaña no es un simple lugar que vemos como accidente geográfico, sino como el lugar donde Dios se manifiesta a través de Su Creación, como fuente de meditación, silencio, de oración. Se respeta, se le teme y se le disfruta. Para reflexión: Moisés subió al Sinaí para recibir las tablas de los Diez Mandamientos, uno de los grandes acontecimientos de la humanidad y su relación con el Creador del universo.

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