Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
Opinión

¿Es viable el guion de Trump?

¿O se topará contra su propia muralla?

 

— Edgar Gutiérrez
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Antes de ser presidente, Donald Trump fue un empresario muy agresivo y ambicioso, amante de los excesos y con fuerte sello pragmático. Tan pragmático que, en los registros, figura entre quienes hizo negocios en Cuba a pesar del embargo. Es un nacionalista; sin embargo, realizó inversiones en el extranjero, incluyendo en países del subcontinente, donde colocó capital y generó empleos, que bien pudo haber producido en su país, como ahora reclama a otros.

El novel gobernante de la nación más poderosa del globo, fue también un hombre de la farándula. Adoptaba el guion y lo escenificaba en reality show hasta las últimas consecuencias, sin dejar de ser fiel a su estilo.

Como candidato presidencial intuyó y adoptó un rol, con el que tuvo un éxito tan incontestable como sorprendente. En su primera semana en la Casa Blanca no ha cambiado, ni cambiará inmediatamente. Su discurso de investidura no perdió ni un ápice de la visión que propuso de los EE. UU. a reedificar. Obviamente, como país, concentrado en su propio ombligo. Invitó a integrar su gabinete a representativos de los dos poderes permanentes de cualquier nación: empresarios corporativos y exmilitares. Los políticos de carrera no tienen allí espacios tan relevantes.

Con el respaldo del 40 por ciento de la población (Obama salió, tras ocho años, con el 60 por ciento de aprobación), Trump entra como toro en lidia, sin oler pragmatismo, por ahora. Sus colaboradores –más allá de sus encargados de comunicación en la Casa Blanca, que eliminaron el español de su Web– tienen la compleja tarea de traducir en políticas viables su visión y ofertas de campaña.

Y allí lo espera el mundo (China, Europa Occidental y Latinoamérica, pero también el Estado Islámico al que retó abiertamente y sin convocar alianzas), y parte de la sociedad estadounidense que comenzó ya movilizaciones con un fervor que evoca la década de 1960, cuando reclamaba los derechos civiles, que conquistó en gran medida, así como el final de las guerras de intervención, como en Vietnam. Pero, más cercanamente, lo espera la burocracia federal de no menos de 17 millones de servidores (la más poderosa del globo) que, como los grandes equipos de fútbol, sabe cómo esconde, expone, ralentiza o acelera el pase del balón, es decir, el partido de las políticas públicas.

La rueda de la Historia siempre se puede retroceder, pero jamás sobre sus propias y exactas huellas. Desde 1945 el nuevo tejido interétnico del globo caló estructuralmente. Paradigmas de identidad y pertenencia, salieron por fin del clóset en los últimos 30 años. Por otro lado, las transacciones comerciales y financieras se acostumbraron tan rápido a volar a la velocidad de la luz y del sonido, que no volverán fácilmente sobre el lomo ni la carreta. El mundo que Trump quiere envestir tiene demasiados condicionantes. Es más, lo prepara, sin saberlo, para un relanzamiento en la globalización. Por ahora provoca miedo, después se verá que el león no es como lo pintan, al menos, si se pone a andar la alternativa. Y esa tiene que venir, en parte, de las sociedades y las elites políticas y económicas desplazadas. Entonces Trump tendrá que cambiar de guion y tomar el camino pragmático. O se topará contra su propia muralla.

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