Domingo 24 DE Junio DE 2018
Opinión

Trump

El tema obligado de conversación por estos días.

 

— Armando de la Torre
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Se trata de un empresario exitoso, pero rudo, hasta grosero a veces, también algo narcisista, audaz y que, lastimosamente, transpira una pobre formación humanista.

Resulta un estudio en contraste con Barack Obama, que suele pronunciar discursos serenos políticamente correctos. Este último cautiva con su elocuencia sentimental, que se enfoca en emociones buenas, pero no en hechos. Por el contrario, Trump es hombre de fríos análisis de costos y beneficios. A Obama por ello le resulta fácil ganarse las masas, pero Trump, en cambio, se asegura la simpatía de los luchadores que compiten abiertamente en el mercado de las oportunidades laborales y empresariales. Sin embargo, Trump acaba de ser electo Presidente por su pueblo, enfrentado a una muy pobre candidatura por el Partido Demócrata. Encima, astuto y resuelto negociador, no muy moralmente escrupuloso, y que hacia el final de su vida, empero, como lo hiciera en su momento Andrew Carnegie, quiere hacer algo monumental en favor de los más olvidados entre los suyos. Y que de esta manera parece tocar una fibra muy sensible entre los trabajadores de cuello azul de todas partes.

Pero más allá del hombre, es el suyo un fenómeno colectivo que equivale al primer aldabonazo efectivo contra el “Establishment” surgido después de la Segunda Guerra Mundial en todas las sociedades de bienestar (welfare) que con diversos matices se ha impuesto en cuanto lo “políticamente correcto” en casi todas partes.

En el caso de los EE. UU., la versión de ese “Establishment” equivale a la conjunción de grandes corporaciones financieras, de los medios masivos de comunicación escritos y televisados, de los más influyentes movimientos sindicales –en especial del magisterio en las escuelas públicas a todos sus niveles–, y de los punteros claves de la gran burocracia federal (hoy de unos veintidós millones de asalariados), que sectorialmente se suelen garantizar a sí mismos poco más de unos cien curules en la Cámara de Representantes. Casi todos ellos con la etiqueta del Partido Demócrata.

Peor aún, Trump es la primera gran sorpresa para el mundo político al que ya nos habíamos acostumbrado y sobre el que Marshall McLuhan acertadamente caracterizó como una aldea nada menos que global.

Por otra parte, se le puede catalogar como el primer efecto social a lo grande de la arrolladora revolución digital. Más en concreto, la primera irrupción masiva de las redes sociales.

Por supuesto que Trump muy probablemente no lo entienda así sino como resultado únicamente de su genio empresarial. Pero, de hecho, sin pretenderlo explícitamente, así se ha vuelto voz de los sin voz y una vigorosa protesta contra los poderosos cómodamente instalados en los controles del poder público.

Los europeos, a su turno, están pasmados. Suelo presenciar las mesas redondas de discusión que nos trasmiten las televisiones nacionales de Alemania, Francia e Italia, y que reiteran monótonamente las mismas críticas hacia este personaje oídas o leídas en los medios masivos de comunicación de los EE. UU. Sin embargo, en una emisión de la Deutsche Welle oí un comentario prudente de un hombre inteligente: “Tengamos en cuenta que la importancia que el sector público tiene para nosotros, aquí en Europa, no se la reconocen al mismo los ciudadanos norteamericanos que, por eso, individualmente son más libres y ajenos al poder del Estado”.

Algo parecido podría decirse de nuestros comentaristas de prensa iberoamericanos. Hasta otros países de habla anglosajona parecen ser las excepciones en el concierto mundial. El Reino Unido, por ejemplo, después del Brexit, que por cierto precedió por escasos meses a la victoria electoral de Trump.

¿Por qué tanta furia entre los vencidos en las elecciones? ¿Por qué tanto encono asombrosamente tercermundista entre muchos ciudadanos del Primer mundo? ¿A qué viene esa violencia callejera del todo inusitada en Portland o en Nueva York? ¿Por qué tantas arrogantes condenas, esos insultos gratuitos, esas falacias apasionadas en contra de cualquiera que manifieste un mínimo de aceptación para lo que constituye el fenómeno político del momento, el triunfo de Donald Trump?

Veamos el caso de los mexicanos, que constituyen tres cuartas partes de todos los latinoamericanos residentes legales en los EE. UU. Un 29% de ellos votó por Trump. ¿Por qué? Porque ellos no menos resienten la competencia injustificada de quienes se han hecho presentes en suelo norteamericano sin pasar por los trámites legales a los que ellos sí se sometieron. O sobre las inversiones de capital gringo en plantas industriales en territorio mexicano: la única razón de esta realidad es que la mano de obra mexicana es mucho más barata que la mano de obra en suelo norteamericano. Dicho de otra manera, tales inversiones tienden a deprimir los salarios y los puestos de trabajo de residentes legales en Norteamérica. Ellos son parte de esos trabajadores de cuello azul olvidados por los poderosos en su suelo natal anglosajón.

Por último, Trump se enfrentó prácticamente solo al “Establishment” porque de él también ha formado parte la cúpula de su Partido Republicano.

En cuanto a su programa, “America first”, es el mismo respectivamente de todos los partidos políticos del mundo: de los chinos, de los rusos, de los argentinos, los chilenos… y de los mexicanos.

Un último comentario desde la periferia guatemalteca: el Partido de la decadencia en Norteamérica, el de los Lyndon Johnson, Jimmy Carter, Bill y Hillary Clinton, pretende ahora deslegitimar el gobierno de Trump por una probable intromisión digital de la Rusia de Putin en el proceso electoral estadounidense, con olvido hipócrita de que ha sido el gobierno de Obama el que fue atrapado con escuchas indiscretas plantadas nada menos que en los teléfonos privados de la Canciller Angela Merkel de Alemania; y al que le ha sido probado su intervención financiera con dinero de los contribuyentes norteamericanos en la última campaña electoral israelí para evitar la permanencia en el poder del Primer Ministro Benjamin Netanyahu, y que aquí en Guatemala ha mantenido al Embajador más impertinente, entrometido, arrogante y descarado en los enteros doscientos años desde la declaración de la independencia de Centroamérica de España en 1821: Todd Robinson.

Para ello se ha firmado el pacto “por la Prosperidad” del triángulo Norte de Centroamérica como cortina de humo, se ha subvencionado a la CICIG por el Departamento de Estado, y se ha mantenido su presión sobre el Congreso a través de Mario Taracena y de otros marionetas de la UNE y de partidos más pequeños.

Todo ello, repito, es un ejemplo más de lo que Wilfredo Pareto llamó hace casi siglo y medio la “circulación de las élites” en reemplazo de la lucha dialéctica de clases inspiradas en Hegel y Marx. Nada nuevo en la historia de los mismos EE. UU.: La tal circulación de las élites (cambios bruscos en la dirección política del país) la estrenó en 1829 Andrew Jackson; la repitió Abraham Lincoln en 1861; de nuevo con la elección de Teodoro Roosevelt en 1901; una vez más con Franklin D. Roosevelt en 1933; y se reiteró con John F. Kennedy en 1961, y aun Ronald Reagan en 1981. ¿Qué hay de ominoso, pues, en el caso de Donald Trump? Que los intereses creados del “Establishment” de las últimas décadas no pueden aceptar como en el pasado su inesperada derrota electoral. Se revelan como los otrora “niños mimados” del “free speech movement” de los años sesenta en California, de los “hippies” por todo el país de la “flower generation” subsiguientes de los setenta; de la “angry generation” contra la Guerra de Vietnam y por los derechos civiles durante los setenta y los ochenta; de las optimistas y excesivamente hedonistas generaciones desde entonces, las generaciones de un uso descontrolado de la cocaína hasta en la Casa Blanca; de la incorporación de homosexuales y de transgéneros a las Fuerzas Armadas y del abuso desorbitado de los múltiples programas de “welfare”.

Lo que parece haber resurgido en este momento es algo del espíritu puritano de otrora, de aquel “business of America is business” de Calvin Coolidge, y hasta de la “Liga por la Decencia” que tanto hizo sufrir a los productores de Hollywood desde los treinta a los cincuenta.

Y a esa luz el muy tolerante e instruido “Establishment” del momento actual parece no estar dispuesto a tolerar su turno para salirse del escenario preferente de la “circulación de las élites”.

En cuanto a la posible expulsión por Trump de los extranjeros indocumentados en su mayoría mexicanos, me permito recordarles a nuestros amigos al norte del río Suchiate que durante 57 largos años los gobiernos sucesivos del PRI en México han devuelto inexorablemente a la dictadura de los hermanos Castro en Cuba a cuanto cubano desprevenido sorprendían residiendo ilegalmente en sus suelos…

Ironías todas de la vida política en cualquier parte y en cualquier tiempo…