Miércoles 11 Enero 2017
Opinión

El caso en contra del azúcar

“Estamos frente a la posibilidad de que el azúcar es una droga, y posiblemente adictiva” (Gary Tauber, The case against sugar).

 

— Edgar Balsells

Se trata de un libro ampliamente comentado en los más prestigiados medios estadounidenses, el que lleva como título la presente columna, al punto que la Revista de libros del New York Times del pasado domingo, se hace acompañar de un sendo reportaje del mismo, escrito por Dan Barber: How Sweet It Isn’t (lo dulce que no es).

Este escribiente tuvo la suerte de estar en la presentación del libro en Barnes & Noble de la 82 calle y Broadway, de la urbe neoyorquina. El ambiente estaba lleno de gente culta que lee, especialmente médicos y nutricionistas con todas las especialidades que uno pueda imaginar.

Su disertación comenzó por amplios detalles sobre la historia del cultivo del azúcar en el mundo, siendo el granito blanco un típico producto colonial tropical que tuvo un impulso inusitado en la alimentación con el auge de la revolución industrial. Hace 200 años la gente consumía cerca de 5 a 10 libras de azúcar al año, mientras hoy el número ronda por 150, y la consecuencia más evidente es la obesidad.

Siendo un producto tropical, las naciones que se especializan en el mismo suelen caer hoy en día en las serias acusaciones científicas de si lo que hacen no es ser la fuente de oferta de adicciones, tal y como ha sucedido con el café, el tabaco, el ron, el chocolate y hoy le toca al azúcar enfrentar la acusación si es o no una nueva droga, causante de males que van desde la diabetes al cáncer e incluso el alzhéimer.

¿Es el azúcar una droga o una comida? Tal fue el tema central de la disertación de Tauber: ¿será que con tan solo tener el saborcito en la lengua nos hace adictos? Y el problema es tal que la adicción no produce comportamientos raros en los adolescentes como lo hace el alcohol, y tal vez sea ello que ninguna autoridad moral o iglesia se han tomado la molestia de recriminar la ingesta como sí lo hacen con el tabaco y otras drogas que cambian los comportamientos de la gente.

El sobreconsumo de esta nueva droga puede tener tremendos efectos en el largo plazo, pero el placer de un chupete, un helado o un algodón, no produce más que una hedónica satisfacción en el paladar en el corto plazo, y al ser un bien que la revolución industrial se encargó de minimizar tremendamente su costo, el consumo en grandes cantidades es asequible a la clase trabajadora. Por algo nuestro Instituto Nacional de Estadística –INE– ya tiene incluidas a las bebidas gaseosas dentro de la canasta básica vital. ¡Qué tal!

Más que nada, nuestra droga imaginaria tan solo produce niños felices, añade Taubes, e incluso es altamente posible que el niño se incline por más y más dosis. Incluso, la inclinación es tal que durante la gran recesión de los años treinta se comprobó que la gente al no tener ingresos para suplir grandes necesidades, se inclinaba por las pequeñas satisfacciones del sugar.

Se trata entonces de una crítica frontal a todos aquellos médicos y nutricionistas que ven al azúcar únicamente como un carbohidrato esencial en la dieta de la gente. Y es más, se trata de un carbohidrato que al penetrar el paladar y el cerebro, desplaza otros más nutritivos. Es una sustancia ideal que agradó primeramente a los ricos y ahora los pobres la adoran, y los Estados y el gasto de bolsillo en salud la sufre, consumiendo billones de dólares en el combate sin mucho éxito de las enfermedades crónicas de hoy.