Sábado 22 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Veinte años de paz sin paz

La paz se empezó a morir el día que nació, al ser una afinidad superficial entre lo ilegítimo y lo ideal, entre la verdad y la mentira.

 

— Amílcar Álvarez
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En el XX aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz olvidaron que sin justicia no puede existir, mal endémico del sistema que volvió rivales dos valores universales que deben reconciliarse. La guerrilla surgió de la ilusión de un grupo de jóvenes que pensó cambiar las estructuras sociales a plomazo limpio y al ser derrotada en el campo militar, con habilidad sus dirigentes la convirtieron en una victoria política con la complicidad de los delegados del Gobierno en la negociación: su mejor aliado. La fuente de sus ideales fue el error y el terror no la justicia ni la ética, precipitándose en un abismo del que no pudo salir al ser abandonada por un sistema político que se derrumbó sin acordarse de que existía. Acorralada por el tiempo negoció sus ideales buscando y encontrando una salida a un error histórico que costó lágrimas y muertos, evaporándose entre el murmullo de los brindis y el olvido, que a veces juntos o separados son el alma de la ingratitud humana. En ese contexto, una alianza impura sin consultarle a nadie desmanteló el Ejército y lo sustituyó por la plutocracia, donde igual preside el gobierno un vendedor de pollos, un coleccionista de tortugas o un ladrón, importando los balances contables no el pópulo. La historia se repite, con la diferencia de que en el siglo XIX sometieron a un grupo de obispos de una Iglesia autoritaria y poderosa y en el XX a los generales de un Ejército burocrático debilitado por sus amigos. Para la guerrilla todo fue miel sobre hojuelas. Al subirse a un tren sin rumbo, jamás pensó que sin pedirlo le regalarían un candil para salir de la oscuridad, oportunidad de oro que no desperdició negociando la orfandad de los ideales de una juventud generosa que se perdió en el mar de la muerte, sin encontrar respuesta ni respeto a su sacrificio. El pueblo no tardó en castigarla con el rechazo categórico en las urnas, dándole una lección merecida de su puño y letra.

La paz se empezó a morir el día que nació, al ser una afinidad superficial entre lo ilegítimo y lo ideal, entre la verdad y la mentira, generando incertidumbre y suspicacia al no entender qué clase de asidero ético tiene un compromiso político desarticulado por su falta de consistencia, prometiendo convertir el país en un vergel. Sin vacilar le dieron de beber al pópulo un jarabe elaborado en secreto sin convicción ni principios, cambiando el color y el sabor de la crisis social sin resolverla, dejando víctimas extraviadas, entre ellas la verdad y la justicia. Lo único tangible es que se volvió un negocio olvidando que la paz no la da el dinero, que siempre ha sido y es la integridad de una voluntad colectiva para enfrentar la realidad en su justa dimensión, un cambio cualitativo, un sacrificio que requiere una elevada cuota de tolerancia liberando a la sociedad de la pesadilla que la agobia. El criterio mercantil que pretende unir el odio y el amor a través de un puente de plata a punta de billetes, intenta con cinismo enseñarle a vivir a un pueblo que sabe administrar sus valores en la adversidad y domesticar la miseria, convirtiéndola en riqueza espiritual y no en su imagen como piensan los dueños del Estado, que con egoísmo apuestan al futuro sin librarse del pasado. Olvidan que la vida no alcanza para llenar el costal de la codicia humana y que la crisis social no se extingue con palabras, solo se supera empezando por entenderla respetando el derecho ajeno, la ley. La firma de la paz formó torbellinos que todavía se sienten sin que la dirigencia incapaz y corrupta los atienda, provocando que la verdad de Guatemala siga escondida en sus entrañas, esperando que se caigan las máscaras de la noche y surja su verdadero rostro. Entonces hablaremos el lenguaje natural de los pueblos elegidos por el destino para forjar su futuro, convirtiendo su agonía en semilla y rebelarse ante la injusticia con el poder de las ideas, subordinadas a la dignidad con humildad.

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