Martes 12 DE Noviembre DE 2019
Opinión

Construcción de la patria nueva

Debemos vencer a la vieja política.

 

Fecha de publicación: 09-01-17
Por: MARIO FUENTES DESTARAC

En Guatemala, el quehacer político se ha desvalorizado tremendamente debido a que el mismo ha perdido su razón de ser principal, que es el servicio público leal, noble, ético y meritorio, en función del bienestar general. No obstante, la percepción que tiene la población del quehacer político es que este, en realidad, se traduce en una suerte de negocio para beneficio exclusivo y particular de los “profesionales de la política”, quienes naturalmente son renuentes al control y a la transparencia, así como “alérgicos” a la asunción de responsabilidades, a la rendición de cuentas y a la auditoría social.

Gobernar, para la “clase política”, no significa ejercer la autoridad con responsabilidad, integridad y autenticidad, sino aprovecharse del manejo de la cosa pública, abusar del poder y subyugar a sus conciudadanos. En todo caso, esto explica por qué la gestión pública está determinada por la discrecionalidad administrativa, el secreto, la propaganda desinformadora, la falta de acceso a la información y el dispendioso sistema paralelo de gasto público (fondos sociales, secretarías y comisiones presidenciales, fideicomisos de ejecución de gasto público, oenegés, programas clientelares y demás).

Claro que existen políticos que, aunque el sistema alienta el abuso de poder, el enriquecimiento ilícito y la impunidad, no han caído en la tentación de limitarse a obtener beneficios personales y que se oponen al clientelismo político (intercambio de favores por votos). Infortunadamente, estos dignos servidores son los menos.

Luego, no extraña que el ciudadano, que valora la decencia y el trabajo honrado, vea con desconfianza a los políticos y a los partidos; y que, por tanto, tienda a apartarse del quehacer político. Tampoco sorprende que en nuestro país la afiliación político partidista sea extremadamente baja, al igual que lo es la aceptación ciudadana de la acción política en general.

Sin embargo, la democracia republicana no es viable sin la acción política, o sea sin la articulación de las fuerzas sociales con miras a incidir en la formulación y ejecución de la estrategia nacional, así como en las políticas públicas. Por ello, aunque la realidad política nos parezca insoportable a estas alturas, nada ganamos con huir de la misma, porque, al final de cuentas, la indiferencia o el “avestrucismo” equivalen a entregar el manejo de la cosa pública a los politiqueros y a seguir lamentándonos de lo mal que estamos.

Personalmente sostengo que el quehacer político es responsabilidad de todos y requiere, además de una desarrollada conciencia política (que se traduce en sentir, pensar, querer y obrar en pos del interés general y del bien común), de una participación ciudadana activa, vigorosa, entusiasta, comprometida, consciente, valiente, deliberante y honesta, que incluya especialmente a los jóvenes (que son la fuerza vital y la reserva moral de la sociedad). Sin duda, una participación ciudadana tal redundaría en la politización de la sociedad, es decir en la asunción del quehacer político por todos y para todos, y no solo por y para camarillas clientelares y rentistas.

Esta asunción ciudadana del quehacer político supondría un eficaz autogobierno, que conlleva la consolidación del Estado de Derecho (sin el cual no puede haber gobernabilidad), la fijación de límites efectivos a la autoridad y el mejoramiento substancial de los servicios públicos (justicia, seguridad, educación, salud, transporte público, infraestructura física).

En fin, si queremos que las cosas cambien, debemos, sin temor y con audacia, participar, luchar y vencer a la “vieja política” (que no deja de reproducirse, transfigurarse camaleónicamente y seguir cooptando incautos) en las urnas. Con tal propósito, debemos construir proyectos políticos alternativos coherentes, viables y perdurables, que propugnen por el fortalecimiento institucional y porque, en definitiva, el poder público esté al servicio de la ciudadanía y no de los perversos intereses creados.