Jueves 13 DE Diciembre DE 2018
Opinión

Bajo la marea de Trump

Están las oportunidades del desarrollo..

 

— Édgar Gutiérrez
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Varios entendidos anticipan catástrofes para Guatemala y el triángulo norte de Centroamérica en la futura administración del presidente electo Donald Trump. Hay en efecto riesgos en una previsible baja de los flujos de remesas, el aumento sensible de migrantes deportados y obstrucciones al comercio exterior que podrían desestabilizar los equilibrios financieros y sobre calentar la conflictividad social.

Pero entre los escenarios sombríos también hay oportunidades, que, en nuestro caso, van de la mano de la brecha que abrieron desde 2015 el MP y la CICIG en el campo de la justicia penal y que ha venido a remover el arraigo patrimonialista en el ejercicio del poder económico y político.

La piedra angular de las oportunidades descansa en amplificar las autonomías internas y externas. Por ejemplo, la afirmación nacional autónoma de los sujetos del cambio. Estos son los sujetos capaces de diseñar y poner en marcha una estrategia de desarrollo económico cuyos rasgos serían: convicción de establecer acuerdos sociales para el desarrollo regional diversificado y pertinente, un patrón de multiplicación de oportunidades para el acceso a activos productivos y empleo decente, y la profundización e integración de los mercados interno y regionales donde somos potencialmente competitivos (Centroamérica, sur de México, Caribe y zona andina).

El acuerdo social es básico para desbloquear las vías de la competencia de mercados, desmontar los subsidios encubiertos a los oligopolios (ahora mismo, lo que se disfraza de arancel al pollo para ampliar los márgenes de utilidad de los productores a expensas de del presupuesto de los hogares en pleno arranque de la “cuesta de enero”) y poner en marcha modelos de negocios sostenibles de acumulación horizontal y con sólidos eslabones entre los sectores de la economía.

Ese acuerdo es fundamental, además, para reenfocar el problema de la informalidad económica desde la perspectiva de generar incentivos, fomentando sujetos de crédito (ahora excluidos) y formas asociativas para elevar la productividad y liberar a la fuerza laboral del círculo de la pobreza.

Cuando se llega a este punto de la propuesta, se toca la frontera de la política y de la rehechura del Estado. En este campo, recuperar la política significa también afirmar su autonomía y esto pasa por liberar las vías de la competencia electoral, a través de la segunda generación de reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos.

La autonomía de la política se basa en el buen funcionamiento de mecanismos institucionales de participación y representación sectorial, territorial, de identidades, etcétera, que enarbolan programas reales y no retóricos, y que desmontan de una vez por todas el régimen patrimonialista del actual sistema de partidos que en 30 años ha socavado la promesa democrática, desbarató el sujeto ciudadano y, en la práctica, ha roto el modelo republicano.

(Continuará)

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