Martes 23 DE Abril DE 2019
Opinión

Es el pueblo en quien confío

La CICIG, en materia política, se encuentra absolutamente errada.

 

— Acisclo Valladares Molina

Y mucho cuidado debe tener para no terminar igual en lo jurídico.

La verdad es que es comprensible que la CICIG no entienda que la primera reforma necesaria para poner en orden el Estado es la política y que sin esta reforma todas las demás –simples parches– salen sobrando y es comprensible que no lo entienda porque la CICIG se trata de una entidad técnica que fuera establecida por un convenio entre Guatemala y la Organización de las Naciones Unidas cuyos conocimientos –el área que dominan sus integrantes– es el de la investigación criminal y la acusación en juicio, los propios de una fiscalía, espacio que es de suma importancia, sí, pero mínimo dentro de la complejidad del Estado.

El verdadero defecto de nuestro sistema es que el pueblo no se encuentra en el Congreso y que, en tanto no se consiga que, en efecto, se encuentre en el Congreso, todas las demás instituciones carecen de la necesaria fiscalización institucionalizada del pueblo, privando la infidelidad de todas estas en el cumplimiento de sus funciones.

Para que el pueblo pueda instalarse en el Congreso, representado por quienes sí lo representen, SE HACE PRECISO QUE LOS DISTRITOS ELECTORALES SEAN PEQUEÑOS, eligiéndose un solo diputado en el distrito, sin premio de consolación para los perdedores, la única forma de que los electores sepan a ciencia cierta quién es su diputado y que sepa el diputado quiénes son sus electores: cuáles sus intereses, valores y principios.

El DISTRITO PEQUEÑO hace muchísimo más barata la campaña de los candidatos y permite que con imaginación y trabajo tesonero, quien no tenga recursos, pueda enfrentarse exitosamente a quien los tenga e incluso en demasía.

El SISTEMA DE DISTRITOS PEQUEÑOS pulveriza el monopolio –oligopolio electoral– que tienen los partidos políticos permitiendo que los ciudadanos, sin avales partidarios, puedan postularse.

El cordón umbilical entre electores y electos se garantiza puesto que si el electo no es leal a los electores –si no los representa de tal forma que sean ellos mismos quienes estén en el Congreso, al momento en que el electo pretenda reelegirse, será castigado con el voto.

El Congreso tendrá –sin dádivas ni limosnas– muchos diputados indígenas, así como personas de todos los

géneros y tendencias, GANADORES EN SU DISTRITO.

Hacer posible que el pueblo se instale en el Congreso constituye la verdadera reforma que Guatemala necesita y que permite –pacíficamente– la refundación del Estado

–la reforma política capaz de poner en orden a todas sus instituciones, el ejecutivo ejecutando sus mandatos

abstractos y los jueces, cuando preciso y con absoluta independencia– aplicándolas en juicio.

La verdadera reforma del Estado –la política– facilitar que el pueblo se instale en el Congreso –no la comprenden la CICIG ni sus tecnócratas puesto que son – expertos en otra cosa – ni los conocimientos ni la legitimidad para abordarla.

La CICIG, en lo político, ha errado reiteradamente, primero, con las tan cacareadas reformas electorales que conducen a lo mismo y a absurdas necedades y, ahora, impulsando la también cacareada reforma del sector justicia, necedad parecida –peor– a la de las Comisiones de Postulación con las cuales se decía la despolitización de la elección de magistrados y jueces con el resultado de no solo no lograrlo sino de politizar y de pervertir a la Academia y a los colegios profesionales.

En una larga e ingrata tradición en que jueces y fiscales las han hecho de esbirros y encubridores, se pretende entregarse a estos –etéreos– más allá del bien y del mal –¡Vaya si serán! su propia evaluación– el pueblo ajeno a la administración de Justicia como que no tuviera nada que ver con esta, pese a que en su nombre se administra.

Ya lo he dicho varias veces y lo reitero –quien te quiere te aporrea– y, en lo político –por su bien– debo aporrear a la CICIG –ya que es un campo en el que yerra y cuyos errores pueden ser nefastos para sí misma y para todos– nada más asqueroso que una justicia politizada –deshaciéndose con una mano lo hecho con la otra.

Los logros de la CICIG –hasta el momento– se encuentran en “prisión preventiva”, debiéndose llevar a buen fin, para ser tales, con absoluciones o condenas, condenado el culpable, absuelto el inocente.

 Y por cierto ¿Qué pasó con el comiso?

¿Una reforma al sector justicia para quitarse los fiscales la obligación primera de velar por el estricto cumplimiento de las leyes? ¿Para darse a sí mismo jueces ad hoc? ¡Por favor!

¿Por qué no dejar, entonces –más barato– en manos de la prensa –las sentencias?

Los parches que contienen las cacareadas “reformas”, las ya consumadas y las que se impulsan, no son a la postre sino hacerle el juego – por negligencia o dolo – a quienes no quieren que se produzca la única reforma que puede cambiar el estado de las cosas, la de los DISTRITOS ELECTORALES PEQUEÑOS, el pueblo instalado en el Congreso.

¿Cuál es el miedo?

Etiquetas: