Miércoles 20 DE Junio DE 2018
Opinión

La Revolución que precedió a todas las revoluciones de nuestros tiempos

En síntesis, solo la Fe, no las obras, nos pone sobre el camino de la salvación, y solo el texto de las Escrituras, y no ningún otro que les fuera posterior, es el camino apropiado.

 

— Armando de la Torre
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El 31 de octubre del 2017 se conmemorará el Quinto Centenario del cambio religioso y social más trascendental de la Era Moderna. Constituyó una verdadera Revolución de todo el orden establecido en esa época que hubo de servir de introducción a la serie de múltiples revoluciones literarias, científicas, políticas, filosóficas, industriales y sociales que han permeado el progreso del Occidente por los últimos cinco siglos.

Pues hace quinientos años, un monje agustino alemán de nombre Martín Lutero, clavó una lista de 95 tesis a las puertas de la catedral de Wittenberg, como se estilaba entonces para convocar a una disputa pública escolástica.

Martín Lutero fue al mismo tiempo que predicador un excepcional estudioso a fondo de las Sagradas Escrituras, al punto que tradujo el entero Nuevo Testamento del griego al alemán (1522) según el texto, en aquel tiempo, aceptado por Erasmo de Rotterdam. Con eso, cosa poco recordada hoy entre nosotros, se erigió él mismo en la norma gramatical suprema de su idioma patrio hasta el día de hoy.

También alentó años más tarde a un círculo distinguido de sus seguidores a arremeter con la traducción de todo el Viejo Testamento del hebreo al alemán (1534).

Por aparte redactó numerosos ensayos polémicos sobre teología y la naturaleza de la fe cristiana a partir de 1520.

Lutero había sido un alma atormentada. Su ingreso al monasterio fue precedido de una experiencia muy terrorífica en la forma de una violenta tempestad eléctrica que lo sorprendió al aire libre en un camino desolado, y que de momento él interpretó como un prenuncio de su propia muerte. Es de recordar que en aquellos tiempos en toda la Europa aquejaban a todos dos miedos supremos, al Infierno… y al turco.

Una vez ingresado al monasterio agustino de su elección, sufrió de repetidas alucinaciones en torno a la persona del demonio. Fue un hombre sinceramente comprometido con la gracia divina y le abrumaban sus humanas imperfecciones, sobre todo por las continuas tentaciones de lo que por aquel entonces se conocía como “pecados de la carne”.

Luchó tenazmente contra todas ellas con austeridades y ayunos propios de ese tiempo, pero le recurrían una y otra vez. Eso lo llevó a una profunda decepción hacia la práctica de “obras” penitenciales que habrían de tener repercusiones verdaderamente hecatómbicas y regeneradoras para la sociedad de su tiempo, en especial de la que se vivieron en su ámbito muy particular del Sacro Imperio Romano Germánico.

Hacia 1510 viajó a Roma, la capital de la Iglesia Católica predominante en toda la Europa occidental. No le resultó una experiencia edificante para su espíritu. En particular le ofendieron los clérigos que celebraban Misas aceleradas para poder cobrar más en el mismo día por otras no menos aceleradas celebraciones eucarísticas como me dijo mi profesor jesuítico de Historia Eclesiástica en Fráncfort, “la protesta de Lutero fue la de un hombre que quería ser más piadoso”.

Pero de todas maneras, continuó su lucha ascética con penitencias, ayunos y flagelos

prescrito por su Orden religiosa. Pero tanta austeridad, se decía a sí mismo, frustrado, no lo hacía más libre de culpas reiteradas.

Y es que le tocó vivir los tiempos de lo más refinado, y pecaminoso, entre los papas del renacimiento, en especial Alejandro VI, Julio II y León X.

En todas partes se clamaba por reformas que hicieran más virtuosos al clero y a los seglares a su cura sacramental. Algo ya se había adelantado en la Holanda y la Inglaterra del siglo anterior, pero sobre todo en la España del cardenal Cisneros, el confesor y padre espiritual de Isabel la Católica. Sin embargo muy poco de todo ello llegó al norte de los Alpes.

Su trayectoria interior, y sus acuciosos estudios de los textos evangélicos y de algunos de los grandes Padres de la Iglesia lo llevaron a conclusiones radicalmente opuestas a las oficiales de la mayoría de sus contemporáneos. O sea, que se hizo “políticamente incorrecto”. Una de sus objeciones especialmente le hirió: su inconformidad con la inserción en el canon bíblico de la Epístola de Santiago, que tanto énfasis ponía en las obras de la Fe más que en la Fe misma. Le pareció a él un error de copistas que desentonaba del todo con la línea teológica del resto de las Sagradas Escrituras. Por cierto, de ello y de otros puntos problemáticos de la tradición trataban las 95 tesis clavadas a las puertas de la catedral de Wittenberg.

En realidad, esa doctrina de que la Fe no las obras humanas hechas bajo su inspiración es el regalo gratuito de Dios para la salvación eterna de los hombres ya era conocida entre los más y mejores estudiosos de la Palabra revelada, en particular franciscanos y nuncios papales como Nicolás de Cusa. Por otra parte, en ningún Concilio el magisterio eclesiástico se había pronunciado definitivamente al respecto. Todo estaba en el aire por definir.

Pero predominaba coyunturalmente demasiado a los ojos de Lutero un agente disturbador: la preocupación pontificia por reemplazar la antigua catedral de San Pedro por una más grande y acorde con los tiempos. Y para acumular recursos a fin de coronar tan mayúsculo esfuerzo, el papado recurrió a una herramienta vieja de siglos: las Indulgencias.

Ella se basaba en una práctica vieja de siglos: la absolución sacerdotal limpia al alma de los pecados confesados por un pecador contrito al sacerdote. Pero no del todo. La naturaleza caída del hombre acumulaba otras imperfecciones morales de los que no siempre era plenamente consciente. Para limpiar por completo el alma del redimido ya muerto y para que se presentara inmaculada a la presencia de su Redentor había necesidad de ayudas espirituales que le podían hacer llegar los todavía vivos. A su vez, tales “ayudas” complementarias habrían de ser consecuencia de actos de contrición y de desprendimiento de sus hermanos aún “en este valle de lágrimas”. Tales apoyos supletorios eran las indulgencias, que podrían ser efectivas por un número especificado de días, meses o años para sacar vicariamente a las almas de los bienaventurados de su última depuración en el Purgatorio.

Esto resultó crecientemente imposible de aceptar por Lutero. En primer lugar porque en los evangelios no se halla ninguna alusión específica al “Purgatorio”. Y en segundo lugar, porque a sus ojos ello significaba recaer en la herejía ya superada del siglo quinto del teólogo Pelagio, que había sostenido que el hombre sí podía alcanzar su salvación por su propio esfuerzo en virtud de los méritos acumulados por la persona divina de Jesús de Nazaret.

En conclusión todas las prácticas ascéticas propias del buen cristiano para el pago espiritual por sus faltas sobraban del todo. Solo la Fe, no las obras impulsada por ella, salvaban. Y a su turno, la misma Fe era don gratuito por parte de Dios para la salvación de los hombres o sea, la “gracia”.

Sin olvidar que la fe nos ha llegado exclusivamente a través de la predicación en torno a los textos canónicamente aceptados, como lo certificase San Pablo (Romanos 10:17): “Así que la fe es por el oído, y lo oído, en la palabra de Dios.”

En síntesis, solo la Fe, no las obras, nos pone sobre el camino de la salvación, y solo el texto de las Escrituras, y no ningún otro que les fuera posterior, es el camino apropiado. Y todo ello únicamente al impulso de la gracia que nos dispensa el Espíritu Santo en base al castigo vicario que Jesús de Nazaret sufrió en nuestro lugar.

Sola Fides, sola Scriptura, sola Gratia se tornó el estribillo de combate de Lutero y de todos los que con él han concordado.

De la trascendencia monumental de esa corrección del dogma, básteme dar un ejemplo: en 1904 el eminente sociólogo Max Weber publicó un ensayo intitulado: La ética protestante y el espíritu del capitalismo.

En esta influyente investigación, Weber atribuía a la reforma de la fe cristiana promovida por Lutero y otros que le fueron próximos, como Calvino, Zwinglio, Knox, Wesley, el imponente edificio de la Democracia representativa y de la Revolución Industrial.

Por eso podría interpretarse la persona de Martín Lutero como el detonante de los cambios radicales de los últimos cinco siglos, incluida la protesta marxista-leninista, y también hacia atrás la Ilustración, la Guerra de los Treinta Años y la Revolución Científica.

Nosotros, en Guatemala, tendremos ocasión de ponderar todo esto con la conferencia que dictará el 25 de febrero hacia las 5 p. m. la actual Presidente de la Iglesia Luterana de Alemania, la doctora Margot Kaessmann, en el auditórium “Juan Bautista Gutiérrez”, de la Universidad Francisco Marroquín.

Tal evento precedido y acompañado por un seminario de un trimestre sobre la reforma luterana que ofrecerá la doctora Regina Wagner dentro del marco académico de la Escuela Superior de Ciencias Sociales.

Me permito recomendar como mínimo de lectura el excelente tratado de Martin Lutero sobre La libertad del cristiano (1520).

Para participar en todo ello contactar por favor a la licenciada Sandra Batres, [email protected] o al teléfono 2338-7734.

Bienvenidos todos los hombres y mujeres de buena voluntad.