Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Año viejo

Tiempo de despedida.

 

— Méndez Vides
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El año está completando el círculo rutinario. Los humanos medimos el tiempo en relación al movimiento de los planetas, por ese interés inútil de poner medida a la memoria y abrirnos al juego de la adivinación. La Tierra se mueve y es de día bajo los rayos directos del Sol que calienta, y de noche cuando estamos solos frente al universo inmenso, frío y oscuro como la muerte. Cada giro de los planetas equivale a una marca en la línea del tiempo, aunque bien sabemos que lo transcurrido no se repite jamás. Los ciclos lunares determinan las semanas, y un año consiste en la vuelta entera de la Tierra alrededor del Sol. Todas son medidas ficticias, una convención, porque en la realidad el tiempo se estira o encoja según cada quien y las circunstancias.

El año viejo que se esfuma fue para mí tiempo de despedida. En un funesto amanecer de julio dije adiós a mi madre en La Antigua. Días antes, en un instante de lucidez, ella presionó con fuerza inusitada mi brazo anunciándome el final. Mi hermana procedió a vestir el cuerpo inerte mientras yo iba al cementerio, a presenciar la exhumación del nicho en el cual coincidimos con los restos de mis abuelos, una pareja unida hasta en sus cenizas. Tengo guardados sus retratos en la memoria. Con las dos bolsas plásticas palpitando, llegué al templo de San Lázaro, donde deposité en resguardo temporal los restos humanos, al pie de una imagen del Sagrado Corazón. Esa misma tarde, a la hora del sepelio, fueron llevados en una carreta de construcción y nuevamente sepultados junto a su hija menor, la consentida que durmió con ellos hasta la pubertad.

La tarde se desató en lluvia, y bajo el potente aguacero desfilamos hacia el mausoleo familiar, escoltados por cipreses. La campana pausada de un joven que iba adelante del féretro aún me retumba en la cabeza. Mi hermano sacerdote dirigió con templanza el rito religioso y en el instante más emotivo abrimos el féretro exponiendo el cuerpo diminuto a la lluvia. Se veía como una niña desprotegida, emprendiendo empapada el viaje final. A sus pies colocamos el cofre con las cenizas de mi hermano mayor, quien murió en país extraño, pero regresó a su lugar en la patria, y también las dos bolsas negras conteniendo mis señas de identidad, para quedar juntas en el mismo espacio. Arrastramos el féretro empujándolo, y yo sentí que se intensificaba la lluvia. No me atreví a pronunciar palabra en el momento porque no se puede, y he necesitado medio recorrido del planeta alrededor del Sol para atreverme a mencionar el hecho. Respaldado por mi esposa e hijas, emprendimos la retirada, y al salir a las calles empedradas de la ciudad el cielo se volvió a despejar y encender. Adiós.

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