Jueves 17 DE Octubre DE 2019
Opinión

Que soplen aires liberadores

Deseando lecturas que nos sacudan y movilicen…

 

Fecha de publicación: 24-12-16
Por: Anamaría Cofiño Kepfer

Uno de los logros más significativos de las luchas por la democracia, fue permitir la apertura de espacios de libertad de expresión. Los regímenes militares del siglo pasado instituyeron el miedo y la violencia como formas de vida, en ese marco, la cultura y los libros fueron considerados subversivos; compartirlos y leerlos, un atentado a la seguridad nacional. Afortunadamente, la tradición intelectual no sucumbió, y hoy miles de libros son signo de que aquí algo ha cambiado.

Durante los veinte años desde la firma de los Acuerdos de Paz en 1996, un torrente de libros, revistas, periódicos impresos y digitales, programas de radio, blogs, páginas electrónicas, videos, películas y documentales, y cuanta expresión artística pueda transmitirse desde los cuerpos hasta la tecnología, ha llenado el vacío y la mediocridad implantados por sucesivos gobiernos desde 1954. Esta producción cultural responde a los requerimientos de un público que los concibe como básicos para la sobrevivencia.

Gracias al trabajo y la voluntad de muchas personas bibliófilas involucradas en la labor editorial, hoy gozamos de una amplia oferta de lecturas, tan vasta que hace falta tiempo para poderla abarcar. Cada semana hay presentaciones de libros nuevos, inclusive simultáneamente. Autores de menos de treinta años están viendo sus óperas primas correr. Hay publicaciones clásicas que llevan varias ediciones, todo ello, sin apoyo del Estado, en un entorno hostil al pensamiento.

A finales de los años ochenta, aficionados al oficio, gente que había recibido conocimientos de familiares o amistades, empezamos a sacar de imprentas tirajes de obras antes desconocidas o censuradas. Así fueron floreciendo en un campo fértil, libros que habían tenido que esconderse, sucesos que se habían transmitido en voz baja o acallado,

Tengo la dicha de ser testigo de la avidez de gente inquieta para nutrirse de ideas novedosas; presencié la entrega de textos a autores que volvían del exilio; conocí a escritoras y escritores tildados de guerrilleros; formo parte de la maravillosa tribu que cree que los libros son mejores que las balas, y que celebra décadas de luchar contra la ignorancia, insistiendo en difundir libros que contienen nuestra historia, elementos de identidad, saberes y dudas.

Anda circulando el libro de arte Guatemala se re(v)bela del fotógrafo Daniel Hernández. Aún no alcanzo a leer todos los textos, pero las imágenes definitivamente hablan de una comunidad que se atreve a romper tabúes y mostrar el cuerpo al desnudo, como vehículo para el diálogo. Un libro bien hecho, que salta las trancas de la hipocresía y que, esperamos, dará mucho de qué hablar. De la sexualidad, como parte de nuestras vidas.

Podemos sentir orgullo en este país por nuestra gran producción editorial, hecha por puro amor al arte. Sin duda, Guatemala sería mucho mejor si más personas pudieran leer, investigar, curiosear y crear. Para sanar las heridas de la guerra, la cultura de paz es el mejor remedio. Ojalá que llueva libros.