Lunes 24 DE Septiembre DE 2018
Opinión

A un humanista bueno que no comparte mi esperanza

Por eso entiendo la Navidad como un evento supremamente “histórico”, es decir, único, que nos redime de tanto ese olvido nuestro de lo que nos es específicamente humano: ser persona.

 

— Armando de la Torre
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La fiesta de la Navidad, admirado Raúl, ha devenido para muchos un circo ruidoso pretextado para niños y una ocasión tonta de borracheras para adultos. Su escandalosa comercialización nos ha privado a todos de su más elemental significado, y quisiera aquí intentar recuperarlo intelectualmente para ti.

Porque la fiesta de la Navidad se instauró hace casi dos mil años para celebrar el concepto totalmente inédito hasta entonces de una Persona divina que se hizo una con la persona humana, muy a diferencia de los dioses de la Antigüedad. Es, por lo tanto, significativamente la reafirmación de que todo humano, pero solo el humano, por el simple hecho de serlo es persona, lo que trasciende sobremanera el horizonte de lo meramente fáctico, y realidad única en el entero Cosmos.

Un contemporáneo que nos es común, el astrofísico Stephen Hawking, se ha confesado como un determinista universal, nada nuevo para muchos y al menos en el mundo científico moneda de curso forzoso desde que el premio nobel en biología Jacques Monod publicara su aplastante ensayo “El azar y la necesidad” (supuestamente inspirado en Demócrito) hacia 1970. Su conclusión más elemental fue:

“La antigua alianza se rompió; el hombre sabe que está solo en la inmensidad indiferente del Universo, de donde apareció por casualidad. Ni su destino ni sus obligaciones están escritos en ninguna parte”.

Ninguno de esos autores científicos, sin embargo, se han mostrado al mismo tiempo cultor de la historia humana. Eso lo dejan primordialmente a la curiosidad de los humanistas entre quienes incluyen a psicólogos como tú, pero principalmente a historiadores, filósofos y teólogos.

Desde este ángulo, por supuesto, no puede caber esa noción de “persona” que creo yo, en cambio, constituye la esencia del mensaje de lo que en último término se nos reveló ejemplarmente una única vez con la de la Natividad del hombre Jesús, allá en una cueva miserable en las afueras de la pequeña ciudad judía de Belén, en los tiempos del emperador Augusto y en las simultáneas postrimerías del rey Herodes el Grande.

Para mí esto es de importancia decisiva y trascendental, porque nos induce a pensar que cada uno de nosotros es esencialmente más que la suma de nuestras partes individuales, como sí lo son el resto de todas las demás realidades físicas en el universo. Pues el concepto de “persona” que de todo ello se deriva entraña lo irrepetible y lo trascendente mucho más allá de todo eso que estudian astrofísicos y biólogos “de tejas abajo” como solían decir nuestros ibéricos ancestros.

El término persona surgió como el equivalente latino al griego de “hipóstasis”, es decir, lo que subyace a cada unidad consciente de sí misma, o sea, el hombre. Pero en el caso romano con un matiz jurídico habitual en ellos y que, dentro de esa misma línea, la entendemos como sujeto de derechos y obligaciones.

Esto, por supuesto, escapa a toda intelección matemática propias de las así llamadas “ciencias naturales”, porque como lo descubrió Wilhelm Dilthey a las realidades físicas se las conoce, pero a la historia de las personas se las “comprende”. El “fisicalismo” tan abrumador entre nosotros, los occidentales, a partir de Isaac Newton se ha mostrado en los hechos como debelador en último análisis de todo lo irrestrictamente personal y humano. Así se redujo al individuo humano a un número más para la guillotina, la esclavitud, el campo de concentración, la producción en serie (y como la ridiculizara Charlie Chaplin, tan genialmente, en su “Tiempos Modernos”).

Por eso entiendo la Navidad como un evento supremamente “histórico”, es decir, único, que nos redime de tanto ese olvido nuestro de lo que nos es específicamente humano: ser persona.

Pido perdón a mis lectores otra vez por incluir una meditación tan abstrusa en las páginas de un diario común y corriente. Pero creo que el tema lo amerita.

Quisiera ayudar a todos a salirse de ese cepo lucrativo en la Navidad que nos impide movernos desde lo meramente animal hasta lo misteriosamente divino. Es más, por eso me alegraría si a una sola alma, como quiera se la entienda, se le sacudieran las cadenas del consumismo aturdidor propios de estos días y regresara a lo más íntimo de su consciencia en paz, al gozo de saberse enteramente persona humana.

Esa es la forma más genuina, pienso, de celebrar la Navidad. La fiesta de cada espíritu que por ella y desde ella se sabe ya liberado y redimido al nivel asombroso e incomprensible de la segunda persona de la Trinidad que los cristianos llamamos “Dios”.

Es así que la “persona”, el único agente libre por voluntad de su Creador, y por lo tanto, responsable, es sobresaliente entre todo lo creado.

Aunque es, además, la persona humana así entendida, al mismo tiempo no menos impredecible, y por tanto, también falible, sea capaz de aferrarse a un prejuicio que lo niega todo o, sabiamente, arrepentirse de haberlo compartido.

Es, por tanto, a cada persona a la que aquel niño de Belén, ya adulto llama a ser “dulce y humilde de corazón como Él”. O sea, cual un retoque de artista a su obra.

Es también a la persona a la que El llama “bienaventurada” cuando se muestra en sus actos “pobre en el espíritu, o cuando llora, cuando se torna mansa o se hace rebelde, cuando la acicatea el hambre y sed de justicia, igual que cuando se muestra misericordiosa, o limpia de corazón, o hacedora de la paz, o hasta perseguida y vituperada por ser recta…”.

Es más, se le pide a toda persona en cuanto persona que encima de “pan al hambriento, de beber al sediento, que acoja al extraño, que cubra al desnudo, que visite al enfermo y que no se olvide nunca del prójimo privado de su libertad…” hasta que, heroísmo de los heroísmos, logre la victoria definitiva sobre sí mismo y llegue amar a sus enemigo.

No hay Buda, ni Platón, ni Sócrates, ni Kant, ni Nietzsche que nos desafíe a movernos a tan tremenda altura ética.

Porque cada una de esas exigencias, a su turno, nos hace más ricos de persona.

Aquel Niño, durante su crecimiento, nos quiso preceder con el ejemplo de todo ello hasta una muerte atroz. Por eso el periodo de la Navidad es seguido por el de su Pasión y Muerte. Y para los que con toda humildad se le abren, también por el periodo de la Resurrección y por el no menos imponente de Pentecostés, con los que soñaban por demás al mismo tiempo los cultos órficos y eleusinos, los héroes de la Mitología, las grandes figuras de antes y de después de Su venida, aun desde la fe del carbonero, por fin inesperada y asombrosamente hecho realidad.

Por eso dijo Feuerbach que la historia humana no era más que la recolección “de los sollozos de la humanidad” y que Henri de Lubac le acotó la alegría con que la promesa de vida y esperanza en la persona de Jesucristo ha sido recibida la certeza de una resurrección final.

Este es el anuncio hondo de la Navidad, admirado Raúl, que poco o nada tiene que ver con el ruido aturdidor del comercio de baratijas entre los ignorantes de la Verdad.

Que tú, logres celebrar esta Navidad con ésta “buena nueva” de la persona de Jesús, lo que, estoy seguro, te hará como a tantos otros que te han precedido, también inmensamente feliz y personalmente más solidario. Aunque también te pueda significar el reclamo inteligente de Agustín de Hipona: “¡Qué tarde te he conocido!”.

De lo contrario, Raúl, tendríamos que sumarnos nosotros dos a la conclusión desesperada de Jean Paul Sartre de que “la vida es una pasión inútil”.

Hagamos por lo contrario nuestras vidas personales útiles para el bien.

Esa es la invitación más honda que ha querido enderezar el Misterio infinito a las personas todas por el simple hecho de haberlas creado personas.

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