Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

¿Por qué tan calladitos?

El ocaso de los Villate, Crespo, Bac, Galdámez, Quej y muchos más.

— Helmer Velásquez
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Eso de “Honorable” Congreso de la República. Nadie podrá probar que alguna vez existió. De aquella categoría, la historia solo registra excepciones. La generalidad: impresentables. Tanto durante las dictaduras militares. Comparsas vergonzantes de aquellas. Como en este largo periodo de democratización, salvo excepciones, parlamento y diputados son, merolicos de ocasión y cuando mucho tribunos de barriada. En la oscuridad del hemiciclo, bajo el alero y vigilancia de gordas billeteras, ha hecho carrera un equipo parlamentario de costra gruesa, siempre han estado colocados al servicio de quien ejerce turno en el poder. Son serviles. De ideología nada. Chancles y licenciados de oropel. Muy “respetados” en su distrito. En general son ricos emergentes. Todos saben de dónde “emerge” su riqueza. Aquello les tiene sin cuidado. Sin el menor pudor se les ve por allí, con la biblia bajo el brazo. Lobos con piel de oveja. Corruptos y fariseos.

Los más experimentados de esta cohorte, devienen de los más diversos partidos, generalmente, ligados a militares a quienes –sin embargo– han abandonado, cuando el poder de aquellos mengua. Ninguno se distingue por su oratoria, brillantes ideas o profundidad de propuesta, ninguno ha hecho historia por aquello. Lo cual tampoco les preocupa.

Han accedido a propiedades, adoran ser finqueros y dueños de pura sangre. Tienen terrenito en la playa, a donde van de cuando en cuando, dan colazos en cuatrimotos y les acompañan seductoras damiselas ¡Ah vida para que fuera eterna! Son capaces de hablar horas y horas, sin decir, absolutamente nada, una verdadera proeza. Existe por allí uno de Suchitepéquez, realmente innombrable; este se precia de tener el récord de haber hablado –algo así, como– cuatro horas en el hemiciclo, sin decir, absolutamente nada. Una perorata digna de lupanar de baja estirpe y presume de ello. Una verdadera pesadilla de opio. Son el costo de la democracia, se dice por allí. La verdad son la rémora de aquella.

Pues bien, pese a su dermis dura, esta cohorte de caciques de patio. Está en su fase terminal. La movilización callejera del dos mil quince, los dejó mal heridos –el dream team como dirían los gringos del partido del té– Está por desaparecer. Ya no se les oye, se les quitó lo altisonantes y orondos, solo en su cueva presumen de catrines. Nadie los soporta. Hasta sus financistas los aborrecen, evitan tomarse la foto con ellos. A la hora de saldar las cuentas de la historia. Serán lo que sembraron: los apestados.

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