Domingo 20 DE Mayo DE 2018
Opinión

El descontento quetzalteco

“Los pandilleros son un hormiguero. Todos van por un fin común: conseguir algo para consumo”. (The New York Times, La mafia de pobres que desangra a El Salvador).

— Edgar Balsells
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Hace poco publiqué un artículo sobre las antiguerrillas urbanas, ilustrándolo con el caso salvadoreño, pero como para poner las barbas en remojo. Se trata del arremolinamiento violento de las pandillas juveniles que azotan en los entornos urbanos y Quetzaltenango no es la excepción.

Una gira de trabajo, vinculada a un interesante proyecto de emprendedores quetzaltecos y marquenses me permitió sentir el descontento en Xelajú. En mi artículo sobre las maras urbanas salvadoreñas, subrayé que de acuerdo a un sendo reportaje de The New York Times, el negocio de moda es el de las extorsiones: como hormigas los extorsionistas pululan por la calle y los mercados, y los instrumentos son simples: un celular y una cuenta bancaria para depositar, resaltando esto último la impunidad con la que operan.

Cuando se trata de emprender, ello en verdad cuesta: se necesita de imaginación y valor para enfrentar los riesgos, además el apoyo para capital de trabajo en los bancos, si bien abunda, cuesta tiempo conseguirlo, ciertas garantías son leoninas, y las tasas de interés están casi fuera de la realidad internacional.

Hacerle frente a una idea, a la imaginación, empezando por la aparentemente sencilla idea de poner un puesto de fruta cortada en el mercado más populoso, en verdad cuesta. Es por ello que muchos se deciden por mangonear, chaquetear y hacer hasta lo imposible por un puesto público, aunque sea sin hacer mayor cosa. Así, abunda la burocracia de mala calidad, con poca comprensión de las dimensiones del servicio a la gente.

Y si el trabajo del emprendedor cuesta un bigote, imagínese usted en un mar de pirañas y tiburones, con agiotistas financieros que prestan a tasas verdaderamente usurarias, y con sicarios que eliminan a cualquier cristiano, a cuenta de un eslabón de la cadena de valor de la extorsión, por la módica suma de Q100.

Todo esto es lo que está sucediendo con fuerza, lamentablemente, en la urbe quetzalteca. Los perpetradores son comandados por gente que no habita por el lugar, me comenta una consultora empresarial: vienen de la capital o Escuintla, según nos informa la Policía de Xelajú, de acuerdo con los números de celular por el que se reciben las llamadas.

No entiendo cómo los medios de producción preferidos de los extorsionistas mareros son hoy por hoy un celular y hasta una cuenta bancaria. Tanto tiempo que estuvimos hablando de hacer algo con las grandes firmas generadoras de la telecomunicación por celular, para no llegar a nada, y es que, como la dinamita, el celular nos puede salvar una vida, atender una emergencia, pero también destruirla, y destruir gradualmente, el tejido social y empresarial del país.

La gente pide la cabeza de la Gobernadora departamental, una estudiante de nutrición, tal vez con experiencia en su campo, pero inexperta totalmente en esas difíciles lides del orden, la inteligencia civil y la contención de la violencia, que en la ciudad altense está cobrando vida de pilotos, ayudantes y atemorizando el entorno empresarial de los propietarios de micro, pequeñas y medianas empresas.

La situación es verdaderamente difícil, pensamos cerrar el negocio e irnos para los Estados Unidos, me comenta una joven emprendedora de una organización Maya, sin embargo, también estamos temerosas de las políticas antiinmigración del nuevo presidente electo de los Estados Unidos.

Mientras tanto el Katún, el Plan para la Prosperidad, los grandes proyectos de la USAID para el Altiplano, caminan como la tortuga, con pequeños pero irrelevantes impactos para la gravedad del problema.