Lunes 12 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Dos centroaméricas reflejadas en presupuestos nacionales

Tristemente nuestro presupuesto refleja un Estado paupérrimo sin capacidad para cumplir sus funciones básicas.

— Manfredo Marroquín
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Con el correr de los años se hace más evidente la brecha entre los países del sur de Centroamérica con los del llamado triángulo norte. Simplemente con ver el tamaño de los presupuestos nacionales, se puede dar una idea general de cómo los países del sur de la región, Costa Rica y Panamá, invierten más reflejándose ese gasto en mejores indicadores sociales y de desarrollo humano, en tanto los de la zona norte tienden a empeorar el nivel de vida de sus poblaciones.

Siendo casi fin de año, en todos los países se han aprobado ya los presupuestos nacionales para el 2017. El de Guatemala asciende a unos US$10,000 millones, siendo el país más poblado del área con un estimado de 16 millones de personas. En contraste, Panamá acaba de aprobar un presupuesto de más de US$21,000 millones para una población que no alcanza los 4 millones de población.

En el caso de Costa Rica se aprobó un presupuesto que casi asciende a US$15,000 millones, contando con una población de apenas 4.5 millones. Ambos países apenas tienen una cuarta parte de la población que tiene Guatemala y sus presupuestos doblan al nuestro en el caso de Panamá y es uno y medio más en el caso de Costa Rica.

Es decir que en los países hermanos del sur de Centroamérica los Estados cuentan con cuatro veces más recursos para cumplir con las tareas y funciones propias de los gobiernos tales como salud, educación, seguridad, infraestructura, etcétera. No es casual que en todas esas áreas los indicadores de estos disten tanto del resto de países, particularmente de Guatemala que muestra los peores resultados en el índice de desarrollo humano.

En el caso de Guatemala el monto de por sí bajo del presupuesto, es todavía inferior si se toma en cuenta los niveles de corrupción y mal gasto que son comunes en la administración pública. De hecho, según el ranking del Banco Mundial, el Estado de Guatemala es el más pequeño del mundo tomando en cuenta la relación recursos públicos disponibles y población por atender.

Si a lo anterior sumamos la baja ejecución de gasto que ocurrió este año como consecuencia de tener un gobierno nuevo que está aprendiendo, además del miedo que aqueja a muchos funcionarios que no toman decisiones por temor a incurrir en faltas o delitos que puedan ser investigados y perseguidos penalmente, las capacidades de atender los déficits y demanda acumulada en prácticamente todos los sectores, siguen siendo escasas y hasta nulas en algunos casos.

El “nuevo gobierno” es realmente un decir, pues como vemos todo gobierno entrante que siga intentando hacer alguna diferencia respecto a sus antecesores, administrando recursos insuficientes para atender la demanda, está condenado a pasar más temprano que tarde, a formar parte de la lista de gobiernos fracasados que salen sin el menor aprecio ciudadano.

Obviamente que, para incrementar el gasto público, hace falta multiplicar la riqueza del país generando más inversión privada tanto nacional como extranjera y crear fuentes masivas de empleo para integrar a los ocho de cada diez guatemaltecos que se encuentran en el sector informal, de modo que pasen a ser contribuyentes plenos con obligación de tributar, pero también con derechos sociales como el Seguro Social.

Pero a su vez nada de lo anterior ocurrirá si no se logran mejorar las condiciones para la inversión, especialmente la seguridad ciudadana que castiga fuertemente los costos de operación de las empresas y no digamos el fenómeno expandido de la extorsión que cierra negocios pequeños diariamente.

Tristemente nuestro presupuesto refleja un Estado paupérrimo sin capacidad para cumplir sus funciones básicas, pero mayor pobreza es la falta de liderazgo que hay en el país para salir de las fórmulas fracasadas de gobierno.

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