Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Beto me dio una lección

Me dejó meditando sobre quién de los dos tiene el pensamiento más desviado acerca de la condición del ser humano.

— Silvia Tejeda
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Tengo más de treinta años de escribir artículos denunciando los abusos y extralimitaciones de políticos, funcionarios, empresarios y militares que se burlan de nuestra endeble democracia y de la discrecionalidad del sistema. Flexibilidad que aprovechan para que ellos y sus pandillas roben a granel, con la venia solapada de algunos jueces y los tribunales de justicia bajo su influjo.

En nuestro medio, lo que piense y exprese un editorialista influye sí, y forma criterio en la mentalidad de los lectores, pero a los políticos de turno les crece el ego paralelo a un profundo resentimiento hacia quien lo señale o no está de acuerdo con sus genialidades. Una persona con criterio nunca los mira como ellos quisieran.

Con muy escasas excepciones, los grupos que detentan el poder se han vuelto tan cara gruesa y cínicos que en el lapso de esas décadas en lugar de mejorar nuestras condiciones de vida y de país se quedaron estancadas. No obstante, las situaciones adversas y los abusos desmesurados nos estimulan para mantener nuestro espíritu de lucha, o si como se avizora, escribiremos hasta que la represión comience nuevamente, a sacar sus garras todavía medio encogidas.

Para darme un descansito mental, durante el mes de diciembre, escribo sobre temas diferentes a mis exposiciones acostumbradas y, por esa causa hoy, sin dificultades, les contaré acerca de la lección que Beto me dio que me dejó meditando sobre quién de los dos tiene el pensamiento más desviado acerca de la condición del ser humano, si él que es un campesino, sin alguna escuela o yo, que me las llevo de leer libros de superación personal y de comunicación sin violencia.

Beto es un personaje que mi madre incluyó dentro de las cosas y patrimonio que me heredó. Tiene más de cuarenta años de vivir en la casa patronal alejada de todo el caserío. Sigue trabajando como lo hacía desde su inicio, acarrea y parte la leña. Si no tiene algún mandado que hacer, se lo inventa. Por las tardes, se pone catrín y se va a la tienda a comprar cigarros. No tiene familiares, ni hijos, ni compañera. Esa es la rutina que le he conocido durante varias décadas. Esa costumbre la suspendió, cuando unos ladrones lo encontraron en el camino, lo agarraron a pedradas y lo dejaron muy golpeado, medio muerto, inconsciente, por robarle unos billetes. Se curó y, por decisión propia, no salió de la casa, por cinco años. Nadie lo hacía dar un paso más allá, hasta que hace como tres años comenzó a salir de nuevo.

En esas y las otras, ahora que nadie de la familia vive en esa casa, le he tomado un gran cariño, porque es la única persona que verdaderamente tiene arraigo en ese lugar. El miércoles, recién pasado, estaba en sus cuatro, de mal humor, como se dice. Le pedí favor que recogiera unas hojas de palmera y las llevara al hoyo de la abonera y, de mala gana, me respondió: “Hasta ahí no se las llevo. Aquí las dejo”. Dio media vuelta y se fue. Me enojó su respuesta, no le contesté y seguí trabajando con otros. No asomó en toda la mañana y cerca de las tres de la tarde, cuando ya había inquietud, reapareció. Cuando me vio ya de gorra y con el maletín al hombro, me salió al encuentro y dijo –como que nada había sucedido– ¿No va a tomar café antes de irse? ¿Se lo preparo para que se lo lleve? Muy seria le contesté: No. Gracias.

Sin embargo, desde que me vine a la ciudad, no he dejado de pensar en mi falta de sensatez y comprensión, hacia su comportamiento. Si él, quien desde que lo golpearon, le dan unas reacciones inexplicables fuera de un contexto de normalidad, regresó con todo cariño a ofrecerme una taza de café, porqué yo, no tuve la humildad de responderle: Sí gracias, Me la tomaré.

Todo este día me he preguntado: ¿A quién de los dos, le hace más falta el sentido de la comprensión entre humanos?

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