Lunes 25 DE Marzo DE 2019
Opinión

Los clones del diablo

Espérense tantito, tengan paciencia, ya van a ver lo que es bueno.

 

— José Barnoya
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Un dedazo de Dios, un colazo del Diablo o un golpe de suerte, hicieron que mi madre  –ayudada por su esposo– me tiraran al mundo en una casa con balcones de hierro, tejado de dos aguas con vigas que estornudaban polilla sobre un piso de ladrillo, y gárgolas que destilaban agua sobre la tierra de un patio oloroso a geranio. Pero no solo a flores olía esa casa del barrio de Santa Rosa; también se aspiraba el aroma que despedían las enchiladas de la Niña Chenta; el de ciprés de los ataúdes de Pompas Fúnebres; el de las empanadas de la Rosa Blanca y de los pizarrines de la Venus de Zaror. Pero había olores aún más persistentes: el del corozo de la Semana Santa y el del humo que despedían los fogarones del 7 de diciembre.

Lo cuenta todos los años Celso Lara: todo empezó en Concepción las Lomas, el pueblito ahora cercado por los pupilos de Landívar. Hace más de dos siglos y para alumbrar el Rezado de Concepción, la gente encendió primero rajas de ocote, luego candelas de sebo, para terminar construyendo piras con paja, ramas resecas y chiriviscos solo para que la virgen viera el camino, no se tropezara y desquebrajara en su alegre caminata. Eso inició la costumbre: con los seis campanazos de las seis de la tarde, el chispazo inicial se transforma en llamaradas que nublan el valle entero. Chisporrotean entre las llamas precios altos, el desempleo y la matanza generalizada. Hacen miles de contorsiones el fraude y la impunidad. Hasta los clavos, corchos, insultos y gritos por altoparlante se achicharran en medio de la fogata. Una inmensa columna de vesania e injusticia asciende del rescoldo. Lanzan el último suspiro, una cachucha masacradora y un bastón de mando inservible.

Dentro de una olla chapalea haciéndose arrumacos, una pareja de buñuelos, mientras que ciruelas y piña se achispan cuando sienten que los baña el guaro del ponche embriagador. En ese momento aparece un personaje de mil cabezas: lucifer, el cachudo, satanás, el mero diablo que toma una jícara incandescente y se la empuja dentro del gaznate como que si fuera un refrescante súchiles. En punta las orejas judiciales, siete mil cachos castrenses, desorbitados los ojos congresiles, infantil la voz presidencial; se atiborra una docena de buñuelos; la cola corrupta enroscada y el tridente ensangrentado en ambas manos.

El pueblo que lo creía achicharrado, lo ve alejarse presuroso. –Me voy –grita colérico– para seguir con la tarea interminable de pervertirlo todo y arrasar con lo poco bueno que se me ponga enfrente. Voy a reproducirme y multiplicarme; clonarme en un montón de inútiles y corruptos legisladores, voraces empresarios, funcionarios inútiles, banqueros embaucadores, mandatarios bufones y vicemandatarios desfachatados. Espérense tantito, tengan paciencia, ya van a ver lo que es bueno. La Luna llena tosió dolida entre la humareda de diciembre.

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