Domingo 25 DE Agosto DE 2019
Opinión

El tiro de gracia a la Revolución de Octubre

La entrega inconstitucional que hizo el expresidente Arbenz del poder.

Fecha de publicación: 29-11-16
Por: Acisclo Valladares Molina

La Constitución de 1945, la Constitución surgida de la Revolución de Octubre, establecía que en caso de que se produjese la falta definitiva del Presidente de la República –fuere por renuncia, muerte o cualquier otra circunstancia– debía asumir como tal el Presidente del Congreso pero Jacobo Arbenz Guzmán, al renunciar, en vez de hacerlo como debía y resignar el mando en Julio Estrada De la Hoz, a la sazón Presidente del Congreso, lo hizo en quien se le vino en gana, “su amigo”, Carlos Enrique Díaz, ministro de la Defensa Nacional –tiro de gracia para la ya para entonces agonizante, si no muerta, Constitución.

El 18 de julio de 1949, con el asesinato de Francisco Javier Arana, como reiteradamente lo he sostenido, se asesinó, también, a la Revolución de Octubre, Revolución que nació plural y que se mantuvo plural hasta ese crimen, capaz de abrigar en su seno múltiples tendencias y el 27 de junio de 1954, cinco años después, se asesinó –con tiro de gracia incluido– a la Constitución surgida de aquella gesta revolucionaria, Constitución que para entonces, reitero, ya estaba agonizante, eliminada como había sido la división de poderes con la inconstitucional destitución que se hizo de los Magistrados que integraban la Corte Suprema de Justicia, amén de la violación constitucional que representaba la presencia de un partido político internacional, el partido comunista, en las decisiones de gobierno, prohibido como estaba por la Constitución –la Constitución Revolucionaria– el funcionamiento de ese tipo de partidos, el comunista, el partido internacional por excelencia.

¿Qué hubiera pasado si el expresidente Jacobo Arbenz no le hubiere dado el tiro de gracia a la Constitución de 1945 con la inconstitucional sucesión de mando que dispuso?

¿Qué hubiera pasado si el 27 de junio de 1954, Julio Estrada De la Hoz, civil, el llamado por la Constitución revolucionaria para hacerlo, hubiera asumido el mando?

¿Qué hubiera pasado si en 1949, en vez de asesinar a Francisco Javier Arana, hubieran optado sus asesinos por la vía electoral para hacerse del poder, posiblemente hasta 1956, cuando Arana –el carismático líder militar de la Revolución– hubiera concluido el mandato electoral que seguramente habría obtenido en las elecciones que debían celebrarse en 1950?

¿Qué hubiera pasado si se hubiere respetado la independencia de poderes y que, bajo la protección del amparo, hubieran podido defenderse los propietarios de tierras en contra de las arbitrariedades y excesos que se dieron en la aplicación de la Ley de Reforma Agraria?

¿Qué hubiera pasado si el Artículo 32 de la Constitución de la República se hubiese respetado, el artículo que prohibía el funcionamiento de partidos internacionales?

“La culpa no es de nuestra estrella, sino de nosotros mismos” y el camino del crimen y de las violaciones constitucionales, camino que fuera escogido por quienes usurparon la revolución para sus propios fines –la consecución de la “trágica utopía”– unido a una errada política internacional en la que, sin serlo –votábamos alineados con la Unión Soviética y sus demás satélites– hacíamos de patos, camino que –inexorable– llevó a los lloriqueos de aquella renuncia del 27 de junio de 1954, el tiro de gracia para la ya entonces agonizante Constitución de 1945, la Constitución de la Revolución de Octubre.

La llegada misma del expresidente Arbenz a la Presidencia de la República –si bien por la vía electoral– fue ilegítima, sustentada en un crimen, el asesinato de Francisco Javier Arana, el cantado ganador, elección en la que, además, tal la norma “revolucionaria” que regía, el voto de los ciudadanos analfabetas era público y se hacía a lo largo de tres días, las urnas “cuidadas” por las autoridades en las noches. (El voto secreto para el analfabeto, dicho sea de paso, fue una conquista de la Constitución liberacionista de 1956).

A la ilegitimidad original –manchada en sangre– el asesinato de Francisco Javier Arana que le hizo posible el triunfo –se sumó el golpe de Estado que diera el presidente Arbenz a la Corte Suprema de Justicia, acabando con la separación de poderes y con la institución del amparo, a sus anchas el ya para entonces –y a partir de entonces– inconstitucional Presidente, para aplicar la Ley de Reforma Agraria a su soberano antojo, reforma que, dicho también sea de paso, no daba la propiedad de la tierra al campesino sino tan solo un “clientelar” arrendamiento.

Tiro de gracia a las ya asesinadas Revolución de Octubre y Constitución de 1945 –renuncia inconstitucional redactada– la guinda en el pastel, no por el expresidente de la República sino por José Manuel Fortuny, el secretario general del Partido Comunista ¡Qué casualidad! ¿No le parece?

Si no era pato aquel gobierno ¿Por qué, e incluso, hasta el mismo final, aparentarlo?