Domingo 16 DE Junio DE 2019
Opinión

Una vida

La ejemplar existencia del caballero de Trondheim.

 

Fecha de publicación: 21-11-16
Por: Luis f. cáceres

La última vez que lo vi, mientras se despedía agitando su mano, tenía dibujada esa sonrisa magnífica que iluminaba su cara. Tom fue mi amigo y mi hermano cada minuto, de cada día, del tiempo que ambos trabajamos en Somerville. Fue una suerte haberlo conocido, una especie de salvavidas, en realidad. Juntos hicimos de la faena diaria algo interesante y juntos hicimos también del ocio un cúmulo de aventuras que nos llevó a visitar varios estados.

Tom contaba con un gran espíritu aventurero, de él aprendí a invertir más en experiencias que en inventario material. Su deseo de conocer era tan contagioso que muchas veces reuníamos grupos grandes de compañeros decididos a adoptar el plan que Tom se había trazado para el fin de semana, y juntos nos íbamos tan lejos como un viaje de cuatro horas lo permitía.

Cuando ambos regresamos a nuestros respectivos países Tom y Frothe –su novia de toda la vida– me invitaron a visitarlos en Noruega muchas veces y yo, inmerso en mil cosas, de las cuales no logro recordar ninguna ahora, siempre aplacé y aplacé el viaje. Supongo que el contacto frecuente, el e-mail periódico y el compartir, de cierta forma, su última aventura a través de las fotos en Facebook, me hacían sentir como que todo era cercano y perpetuo.

Me encantaba ver sus fotos estrenando algún equipo de esquí nuevo en las montañas al norte de Lillehammer o pescando truchas en Gjovik. Durante el verano gustaba de viajar al norte, generalmente a Saltstraumen en Bodo. Él me explicaba que ahí, cerca de las islas Lofoten, se experimentan las corrientes de marea más fuertes del mundo: cada seis horas, 400 millones de metros cúbicos de agua a velocidades de 20 nudos (40 kilómetros por hora) se precipitan por el estrecho de 150 metros de ancho y tres kilómetros de longitud que conecta los fiordos Saltenfjord y Skjerstadfjord. Cuando la marea estaba en lo más alto aprovechaba a adentrarse para bucear o pescar bacalao y fletán. En otoño visitaba Dovrefjellet, donde satisfacía su gusto por la vida de montaña. Le cautivaba fotografiar bueyes almizcleros, renos y urogallos. No era solo su gran apetito por absorber la vida lo que admiraba de él, además, me maravillaba lo mucho que disfrutaba y amaba a su país.

Ayer en la mañana mientras revisaba, con cierto aburrimiento, correos en mi bandeja de entrada, encontré un mensaje de Frothe en el cual, me dejaba saber que Tom había iniciado la aventura inevitable: el viaje final. Tom murió la noche del jueves después de una galante batalla contra una enfermedad que, si bien trató de postrarlo y hacerle miserable la vida, no consiguió en ningún momento hundir el espíritu imbatible de este auténtico caballero. Tom supo disfrutar la vida siempre, no porque la vida le venía fácil –aunque él lo hacía parecer de esa forma– sino porque su actitud invariablemente lo llevaba a sacar una linda experiencia de cada cosa que hacía.

Aunque la tristeza de saber que se ha ido me hace muy gris este día y aunque el remordimiento de no haber hecho ese viaje me hace pesado el andar, decido que la mejor forma de rendirle homenaje a una persona de este calibre, es grabarme en el alma el ineludible compromiso de disfrutar intensamente cada día. La mejor forma de honrar la amistad de este caballero es recordar su vida como lo que fue: una luz que irradiaba felicidad.