Miércoles 19 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Vendedores ambulantes

Cuando la crisis aumenta salen por todas partes como peste.

— Méndez Vides
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La necesidad tiene cara de chucho, y cuando el hambre aprieta, la gente sale desesperada a la calle y a los mercados, y recurre a la pepena. No sirven los lugares solitarios, sino atrae la miel de la multitud.

Unos mendigan bajo los semáforos, en cruceros donde el tráfico se desliza lento, y con el tiempo se apropian de la esquina que defienden como propiedad privada. Su ocupación es extender la mano y reflejar miseria en un espejo en cuyas profundidades a nadie le gustaría verse reflejado. Los zombis se apoyan en hijos esmirriados para que el negocio crezca, y en niñas que pronto aprenden a pintarse los labios. La mendicidad es una vergüenza, no un derecho.

Los que tienen orgullo optan por el robo, se sumergen en la multitud como fieras y agreden, arrancan cadenas o celulares, muestran el arma helada de hierro a sus víctimas o arrancan y corren como gacelas. Un desempleado está viendo la televisión cuando el bebé llora, entonces se pone la camisa y sale a robar un reloj o un par de zapatos tenis que luego vende en el comercio donde nadie pregunta. Ocasionalmente no regresa, y el bebé continúa llorando toda la noche mientras la madre se figura la tragedia: huyó, está en la cárcel o en la morgue. Robar no es un derecho, es una vergüenza.

Lo más común entre los desocupados dignos es caer en las redes del comercio ambulante, para lo que no se necesita ciencia ni títulos, sino afinar el ingenio y saber ubicarse en un punto estratégico por donde pasa mucha gente. Se suben con dulces y chicles a las camionetas o van por el Paseo de la Sexta cargando voluptuosos maniquís panameños con pantalones ceñidos o una blusa escotada, y en la mochila llevan las diferentes tallas para ofrecer a los interesados. Cuando la necesidad aumenta, salen como hormigas los vendedores de mercadería que centraliza una mafia a cambio de una comisión, y que ellos deben defender con su vida porque al final del día deben entregar el dinero o devolver el producto. Son empleados por comisión, sin prestaciones, actuando en territorio vedado. El empleo es peligroso porque está prohibido, es como vender drogas, donde a más alto el riesgo es mayor la comisión, y para actuar aprenden a disfrazarse y a engañar a las autoridades. En el Centro Histórico, a veces aparece una Premio Nacional de Literatura vendiendo en hojas sueltas sus propios poemas, y da rabia. Vender en la vía pública no es un derecho, es una vergüenza.

Lo que hace falta es la seguridad del trabajo seguro y digno, oportunidad y educación. Cuando el empleo sube y la economía se activa, desaparecen los vendedores ambulantes, pero cuando la crisis aumenta salen por todas partes como peste. Los vendedores callejeros son el termómetro de nuestra indignidad nacional, marca el nivel de desocupación real.

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