Lunes 19 DE Noviembre DE 2018
Opinión

¿Hacia un orden bismarckiano?

Alianzas geopolíticas, no ideológicas.

 

— Édgar Gutiérrez
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El triunfo de Donald Trump evoca periodos de la historia, como el del canciller alemán Otto von Bismarck. En el último tramo del siglo XIX, tras un periodo de prosperidad y de liberalismo comercial, la mayoría de naciones (con la notable salvedad de Gran Bretaña y los Países Bajos) volvió al proteccionismo, que terminó en prácticas de dumping y fuertes tensiones comerciales. En base a un armisticio, el mundo se gobernó a través de alianzas con unas cuantas potencias, y el apetito colonial se limitó mientras se ordenaba la casa.

La conformación de bloques geopolíticos es la propuesta de Henry Kissinger (Diplomacy, 1994) nunca cristalizada, y que puede que Trump apenas intuya. (La designación de su Secretario de Estado dará la indicación certera del modelo de política exterior que impulsará.) En esencia estamos ante la previsibilidad de un nuevo orden basado en alianzas geopolíticas, no ideológicas; en el dominio férreo sobre potencias intermedias y el vasallaje de los más débiles. La mínima atención a líderes y elites del tercer mundo no asomará a la agenda de Trump, ni de su primer círculo en la Casa Blanca; sus reuniones serán con un puñado de dirigentes de las potencias (a Putin le tendió la mano antes de ser electo), y la mayor parte de su tiempo estará concentrado en los asuntos domésticos.

Es lógico que el establishment (“el gobierno invisible”, según la conocida teoría de los profesores Wise y Ross, 1965) haya intentado antes de las elecciones un acuerdo con Trump, que seguramente fracasó, a juzgar por su decidida y abierta inclinación por Hillary Clinton hasta el último momento. Pero ahora, ya Trump convertido en presidente de la nación más poderosa del globo, tendrá que volver a intentarlo bajo otros términos.

El punto neurálgico de la negociación es el Presupuesto anual de US$650 mil millones destinado a la industria armamentista, pues allí está la fuente básica de financiamiento para reanimar la economía estadounidense y mejorar los ingresos y la seguridad de los votantes blancos de Trump (ese EE. UU. blanco, misógino, racista, obrero e inculto, que fue cuna del populismo en el siglo XIX, ahora golpeado por la globalización). Las señales que Trump debe dar hacia adentro tendrán que ser rápidas y contundentes, pues las ansiedades y los miedos que despiertan su ascenso amenazan con extendidos desórdenes civiles, tensiones raciales de violencia incontrolable, y hasta intentos de separatismo de estados estratégicos como California.

El populismo es, en la definición de quien mejor lo estudió (el brasileño Andrade, 1974 y 1979), la irrupción de las masas desplazadas en el sistema político. Los portadores de esas banderas rompen los esquemas institucionales y ordinariamente cumplen sus promesas de campaña, generando tensiones con las elites tradicionales. En ese afán suelen perder la racionalidad económica del sistema, y la propia racionalidad de la política, como vimos en el siglo XX con el ascenso de los totalitarismos personalistas.

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