Sábado 17 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Señora, usted no tiene muchacha

La empleada que le resuelve la cotidianidad no es de su propiedad, es una persona con todos sus derechos.

— Anamaría Cofiño K.
Más noticias que te pueden interesar

Las mujeres que cuidan bebés, preparan comidas, asean casas y sacrifican sus vidas por el bienestar ajeno, son en realidad, las trabajadoras más importantes para que el sistema funcione. Por todo lo que aportan al sostenimiento de la vida, las empleadas a domicilio, tienen derecho a ser tratadas dentro del marco de la justicia social y a gozar de condiciones de vida dignas.

El trabajo doméstico ha sido objeto de análisis y estudio por parte de las feministas, no pocas académicas han calculado lo que significa, en términos de ganancia para otros, una jornada doméstica sin remuneración. La división sexual del trabajo, que impone tareas y salarios diferenciados a mujeres y hombres, es una fórmula en la que las mujeres resultan con el deber, y los hombres con el haber: las mujeres hacen trabajo doméstico, aunque trabajen fuera de casa, mientras que los hombres no cumplen con la mitad de las tareas del hogar que les corresponden, más que excepcionalmente.

Gracias a esas reflexiones y conocimientos, algunas somos conscientes de lo contradictorio que es pagarle a una mujer empobrecida para que haga lo que nuestra familia no hace, y que no somos capaces de transformar. El sistema es tan perverso que nos convierte en patronas de quienes no pueden ganarse la vida de otra manera.

Las trabajadoras a domicilio organizadas están exigiendo que se ratifique el Convenio 189 de la Organización Internacional del Trabajo, con su recomendación 201, relacionada con el trabajo decente para trabajadoras y trabajadores domésticos. Ello significa que los Estados se harían responsables de garantizar que los derechos de las empleadas que trabajan en casa ajena sean universalmente respetados: Que se puedan sindicalizar, que se eliminen todas las formas de discriminación y abusos, que se erradique el trabajo infantil, se establezcan horarios y se otorguen vacaciones pagadas, se firmen contratos y se entreguen puntualmente los salarios pactados, que cuenten con seguridad y servicios de salud.

Muchas amas de casa dicen que sus empleadas son como de la familia, que a cada rato les regalan cosas que ellas ya no usan, y que les pagan rebién. Yo a mi muchacha, la trato como princesa, dice la patroncita que, ni por asomo se sentaría a comer con ella, y mucho menos le paga los extras que le debe cuando le pide con dulzura, favor de quedarse con los patojos el sábado en la noche.

La sociedad en su conjunto tendría que cambiar radicalmente para que la armonía reinara en nuestras relaciones. A los hombres les tocaría asumir sus tareas del hogar, diaria y eficientemente. Las mujeres haríamos bien en pensar que amar no es sinónimo de servir. Y como sociedad, sería justo y necesario agradecer, valorar y reconocer el trabajo cotidiano invisible, sin el cual la vida no puede continuar.

Etiquetas: