Jueves 19 DE Septiembre DE 2019
Opinión

Pequeño detalle

El “error” fundamental que se soslaya es uno muy sencillo: No haberla hecho.

 

Fecha de publicación: 05-11-16
Por: Acisclo Valladares Molina

Tuve la ocasión de leer en la columna de Mario Roberto Morales del pasado 26 de octubre un fragmento de la entrevista que le hiciera a Manuel Galich, “el Verbo de la Revolución” –llamado así por sus amigos– Canciller que fue de la República y candidato presidencial.

La entrevista fue hecha en Cuba, lugar en cuya “Casa de las Américas”, Manuel Galich ocupó las más importantes posiciones, habiendo tenido la calidad de “técnico extranjero”, calidad que le permitió una vida holgada, vehículo a su disposición y acceso a hoteles y restaurantes reservados para las altas autoridades, los turistas y los técnicos extranjeros, lugares vedados a los “cubanos de a pie” –en todas partes se cuecen habas– condición aquella –la de Galich– muy distinta a la de Alfonso Bauer Paiz, tomado por local y enviado, entre otras ocupaciones, a la cosecha de tomate, y no digamos ya a la de Jacobo Arbenz, visto y tratado como paria.

El columnista señala el link que permite el acceso a la entrevista completa y otras entrevistas pero, para los fines de esta, resulta suficiente el fragmento publicado.

Manuel Galich hace una crítica y autocrítica de la Revolución del 20 de Octubre y señala lo que, a su juicio, condujo a su colapso, apreciaciones que no entro a discutir, propias de su conocimiento revolucionario, pero que me parecen que parten de un error fundamental, un error de origen, del que pareciera que no se percata o bien, que simplemente lo soslaya: No fue el grupo a cuyos errores se refiere el que hizo la Revolución, sino simplemente el que trató de apropiarse de ella, sesgándola y conduciéndola a extremos indeseados.

Me explico. No fueron Galich ni su grupo quienes hicieron la Revolución sino que múltiples sectores, tal su origen y su aspiración plural y si se llamó de inmediato a la elección de una Asamblea Nacional Constituyente, de una legislativa y de Presidente, fue precisamente porque tales eran las aspiraciones de quienes la hicieron sin que jamás pretendieran la instauración de una nueva dictadura.

Fueron revolucionarios todos los plurales sectores que hicieron, apoyaron y sostuvieron la Revolución de Octubre, sectores plurales que prevalecieron, si los hubo, sobre aquellos que hubieran querido establecer –suspirantes de José Stalin– el déspota del momento, una tiranía “poletaria”, antesala del edén “¡Qué trágica utopía!”.

El pequeño detalle es precisamente que la Revolución del 20 de octubre de 1944 no fue lo que los asesinos de Francisco Javier Arana quisieron hacer de ella y que con su asesinato, el 18 de julio de 1949, creyeron haber logrado, “eliminado el estorbo”.

Manuel Galich, el pensador, el intelectual, el dramaturgo, el autor de El Pescado Indigesto, de La Mugre, de M’ijo el Bachiller, el humanista, el soñador, el romántico, olvidó ese pequeño detalle: no fueron ellos quienes hicieron la Revolución y, por ende, jamás hubiera sido posible que durante 17 años se estuviera sin Constitución y que esta tan solo se intentara después de los despojos y de las eliminaciones precisas.

Muertos ya Manuel Galich y Alfonso Bauer Paiz, innecesario en cuanto a estos la construcción de mito alguno, tal su transparencia: hablan sus obras y sus actos, sin necesidad de explicaciones: Distinto el caso de Jacobo Arbenz y de su desgraciado sino.

Al dejar la Presidencia de la República ejecutó el último de sus actos inconstitucionales, dándole el tiro de gracia a la ya quebrantada –agonizante– quizá muerta ya –Constitución de 1945, la surgida de la Revolución del 20 de octubre de 1944–, entregándole la presidencia a quien no debía y exhibiéndose incapaz de defender aquello en que creía: o no armó al pueblo, a su decir, para evitar más sangre –loable decisión, pero no revolucionaria– despreciado por ella –o más bien–, intentó hacerlo pero sus compañeros militares no acataron su orden, igualmente despreciado por incapaz de ejercer su autoridad.

No murió como Allende, arma en manos, defendiéndose ante la inconstitucional agresión o suicidándose para no caer en manos de los alzados y servir así –como mártir– de ejemplo para el mundo.

Jacobo Arbenz fue ninguneado y menospreciado por derechas e izquierdas, incapaz, finalmente, de encabezar la lucha armada para recuperar el poder que le había sido arrebatado y, así, hasta su muerte, ahogado en la soledad de la bañera del solitario apartamento en que vivía.

Y vuelvo al tema: Ningún error en Manuel Galich y sus compañeros: No fueron ellos quienes hicieron la Revolución de octubre y –quienes la hicieron– no la hicieron para establecer tiranía alguna.