Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

El hacedor de paisajes

No conforme con esa obra maravillosa, don Rafael se preocupó en reconstruir, remodelar y diseñar otras obras.

 

— José Barnoya
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La primera vez que me asomé por la avenida Simeón Cañas y cuando íbamos rumbo al Templo de Minerva, para presenciar un partido de béisbol, escuché la voz alegre de mi tata, quien me dijo: –En esa casa hermosa de estilo neoclásico, vive Rafael Pérez de León, uno de los grandes exponentes de la generación de 1920–. Excelente dibujante desde sus días de estudiante de ingeniería y pintor que manejaba con maestría la acuarela, la tinta y el óleo plantó  su caballete, sus pinceles y  paleta en los recodos íntimos de las ruinas antigüeñas y semana a semana se dedicó a pintar, trayéndose del valle de Panchoy hasta el valle de la Ermita, un montón de lienzos de pechinas, capiteles,  y vestigios de cúpulas a las que completaba el cielo azul; cuadros que nunca vendió y siempre regaló; y  que  exornaron su casa y las casas de amigos.

 Después de formarse como arquitecto en la señorial Francia, se asentó en su tierra y desde allí inició un recorrido arquitectónico por los cuatro puntos  cardinales de la patria. Así fue poblando la ciudad de edificios, diseñados y edificados en diferentes estilos: Art Deco, colonial y neocolonial. En la década de los años treinta, fueron apareciendo varios edificios: la Casa Presidencial, la Aduana, Sanidad Pública, la Biblioteca Nacional, la tribuna del Campo de Marte, el hermoso edificio gemelar de Correos y Telecomunicaciones con su arco que hace recordar el Arco de Santa Catalina en la señorial Antigua, a la que también remozó y engalanó.

Fue en 1937 que, inspirado en el palacio de los Condes de Monterrey en Salamanca, España, inició la construcción del Palacio Nacional inaugurado en 1943, habitado después por los gobiernos revolucionarios, demeritado por los gobiernos subsiguientes y transformado en Palacio de la Cultura en la actualidad.

No conforme con esa obra maravillosa, don Rafael se preocupó en reconstruir, remodelar y diseñar otras obras: la cúpula de la iglesia de la Merced, la Biblioteca Nacional y Archivo de Centroamérica. Y fueron sus hijos Rafael y Enrique quienes se preocuparon de recolectar su obra en un primoroso libro: El constructor de paisajes;  obra que cayó en las poéticas manos de la nieta Silvia, quien después de extasiarse ante las obras del Abuelo, se retrató en estos versos: “Mujer de magia de volcán / risa encantada de todos los colores / liberando el mutismo asido por oxidadas cadenas / ansia que despierta la lava dormida. Mujer de magia de volcán / firme peana de su estirpe / enigma de azules eternos / hoy elevas tu voz y / dejas atrás el silencio”.

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