Sábado 23 DE Febrero DE 2019
Opinión

No hubo necesidad de desarmarle

Rony Elmer Orellana, el pequeño niño asesinado,  carecía de arma alguna.

 

— Acisclo Valladares Molina
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En su caso no hubo ninguna necesidad de desarmarle puesto que nunca estuvo armado y, sin embargo, no tuvo la suerte de aquellos soldados –los “soldaditos de la fábula– (buena ha sido la insurgencia para inventarse sus historias) –que sin disparar ni una bala habrían sido por esta desarmados y que, ya desarmados, tan solo habrían recibido de sus captores “una regañada”– tal la orden que habría dado a Luis Augusto Turcios Lima.

¡Qué buenecitos y angelicales aquellos insurgentes!

Lamentablemente Rony Elmer Orellana, inocente niño a quien no fue necesario desarmar, no recibió regañada alguna (Agustito, por lo visto, no comandaba este operativo) sino una infame y despiadada cantidad de plomo, fríamente asesinado.

Nadie tiene que pedir perdón por una guerra que se hubiera emprendido en contra de la corrupción y la injusticia, ni por recibir el apoyo de sacerdotes católicos con el mismo compromiso –ningún perdón por la violencia–, ironías aparte, de una guerra con justa causa pero, la realidad, es que no se trató de guerra alguna sino de actos criminales: Asesinatos, secuestros y extorsiones.

¿Combatir con delitos, los delitos? ¿Con injusticias, la injusticia? ¿Con infamia, las infamias?

Los asesinos, secuestradores y extorsionistas de ese entonces (al igual que los lumpen asesinos, secuestradores y extorsionistas de todos los tiempos) no se arrepienten de sus crímenes e incluso –hoy– los siguen ponderando, el lógico resultado de no haber tenido que pagar por los mismos ni de haber sabido aquilatar lo que era la amnistía, el generoso, ingrato y doloroso olvido con tal de que la paz fuera posible.

Hoy (no entendimos la tragedia de los 36 años que hubimos de vivir) se persiste en la intención criminal de entonces –todo válido para alcanzar el poder– y en el mismo desprecio por la vida (quien no respeta una vida, ninguna respeta) haciendo héroes de quienes, al final de cuentas, no pasaron de asesinos.

Linda es la fábula de “los soldaditos” que tan solo regañados pero no lo es la realidad irrefutable –Rony Elmer Orellana–, el niño asesinado y los asesinatos de los chontes en las garitas (tiro al blanco) y el asesinato a sangre fría de Karl von Spreti, como que si se tratara de un perro.

Quien justifica un crimen, los justifica todos. ¿No logramos comprenderlo?

Podría escribirse una linda balada, la de los soldaditos desarmados (tal vez ya se haya escrito –preciosa como es “la fábula”– y así, traguitos van y folklore viene, se construyen las leyendas. “Y perdón por la violencia para hacer frente a la injusticia…” ¡Música, maestro, please!

Los encantadores de serpientes sin embargo se encuentran, esta vez, con una inesperada piedra en el zapato puesto que no dejaré pasar mentiras ni leyendas.

Entiendo el romanticismo insurgente y no tengo por qué dudar ¿Acaso no es real, la literatura? de la realidad de la leyenda de los soldados y de la generosidad del “comandante”, tampoco de la ingenua sinceridad de la ironía ¿Por qué no habría de tener algo e –incluso– mucho de bueno, aunque errado y confundido? pero lo que sí es cierto –irrefutable– es el asesinato infame ¿Algún asesinato no lo es? de Rony Elmer Orellana, principio de decenas, centenares y miles de víctimas –después masacres y aldeas arrasadas: Quien no respeta una vida, ninguna respeta y quien alienta el crimen, aunque sea uno solo, todos los alienta.

La ingratitud cometida con la población indígena, arrastrada literalmente a una lucha que le era absolutamente ajena, merecerá mi atención –si necesario– en entregas sucesivas. La insurgencia derrotada en el Oriente se reinventó en el Occidente con un idéntico y único propósito –fábulas y leyendas, aparte– alcanzar el poder.

La historia no admite ultimátums, órdenes de captura y decretos legislativos que nunca existieron –excusas que fueron para un crimen– el de Francisco Javier Arana –ni omitir ese crimen y otros crímenes–, ni las “justificaciones” ¡Ah la soberbia humana! de esos crímenes –uno a uno– el inexorable camino a todo lo ocurrido. ¿No pueden comprenderlo?

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