Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Macroeconomía a la tortrix

“El hecho de que quienes dirigen las políticas económicas lo hacen en muchos casos pensando solo en los sectores a los que representan ha acarreado que más empleos se vuelvan vulnerables… hay que repensar el desarrollo”. (Prensa Libre, editorial del 8 de octubre).

— Edgar Balsells
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El editorial de Prensa Libre del sábado pasado es contundente: “El modelo económico sobre el que descansa el desarrollo nacional está agotado”. El modelo tuvo un cambio de timón en la década de los ochenta, a partir de los desajustes que dejó el conflicto armado interno, la fuga de capitales y el declive del Mercado Común Centroamericano.

Los gobiernos militares se despidieron dejando al Estado en ruinas, con marcados saldos rojos e instituciones poco funcionales, y el momento era propicio para la práctica de las ideas más fundamentalistas que uno pueda imaginar. Mientras tanto al otro lado del Atlántico, los populosos países asiáticos efectuaban cambios más inteligentes: estudiaron la tecnología, las matemáticas, las ingenierías y se volvieron la fábrica del mundo. Los exportadores cafetaleros de aquí, que empujaron la flotación cambiaria, sedientos de venderle cara la divisa al Estado ni siquiera se imaginaban que Vietnam los haría pedazos en poco tiempo.

Abrazaron la liberalización financiera rampante, y la comercial, sin chistar, pensando que competirían codo a codo con México, el Norte y los grandes asiáticos. Algo así como que Chespirito se enfrente a una pelea de 15 Rounds con Mike Tyson.

Así, sin entrar a examinar las asimetrías del área Dólar, se abrazó el trueque de cambiar verduras por trigo, granos y maíz, y mientras el país perdía la sagrada seguridad alimentaria, los agricultores del norte, gozando de subsidios nos inundaron con sus remanentes, con la ayuda de sus programas gubernamentales

Su dogmatismo fue tal que privatizaron la energía eléctrica, y al final pararon vendiéndola a la empresa municipal de Medellín: los paisas deben estar muriéndose de la risa.

Se apoderaron de la famosa “maquinita de hacer dinero”, del banco central, a través de su activa participación en la Junta Monetaria, y se inventaron ese mito de que “el déficit fiscal es el causante de la inflación”. Se colaron incluso en la reforma constitucional de 1993 colocando un primitivo y extraño candado.

Como la divisa es la fuente de alimento que empuja a la economía a comprar sin producir internamente, a pesar de que las exportaciones decaen, el dólar se aprecia, agradeciendo la Macroeconomía al sufrido migrante que manda sus remesas para sostener el sistema.

Y como odian pagar impuestos, se financian precisamente de la banca interna y han convencido al Banco Mundial y al BID por más de tres lustros a prestarles para financiar gasto corriente, a costa de una caída grosera en inversión e infraestructura.

La colega Mariugenia Gallardo, a través de la red, me escribe una parodia del discursillo económico tan indiferente al empleo y la calidad de vida: “La estabilidad cambiaria y crediticia está garantizada, las reservas monetarias internacionales fuertes, inflación bajo control, FMI aconseja consolidar logros (en eso estamos) crecimiento moderado pero seguro de las principales variables macroeconómicas, se está recuperando la confianza de los inversionistas. ¿La pobreza, la inequidad, la vulnerabilidad, el retroceso de los indicadores de calidad de vida? Eso es en otro edificio usté”.

¿Qué hay que hacer?, pues cambiar ese discursillo, de indiferencia al enfoque integral de la política económica, de subordinación de las finanzas públicas al purismo monetario. Se trata de un amplio esfuerzo técnico poco entendible para el profano. Esperaríamos que entes como el Colegio de Economistas y otros por el estilo encabezaran una cruzada. Al menos el Doctorado en Economía que impulsará San Carlos es un esfuerzo en la dirección correcta, si no es capturado por la ortodoxia.

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