Domingo 24 DE Marzo DE 2019
Opinión

El rincón de Casandra

Terra incognita.

— Jacques Seidner
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En agosto de 1492 se cumplen siete meses de la toma de Granada por los Reyes Católicos. Pronto las carabelas de Cristóbal Colón zarparán de Cádiz para Cipango, nombre entonces de Japón.

Dejando de lado la historia anecdótica tratemos de delinear a este personaje enigmático al extremo, quien con la sola arma de su voluntad, unos mapas dudosos del genovés Toscanelli –que nunca navegó–, y una labia sin duda excepcional, logró montar y ejecutar un proyecto único que cambió la faz del mundo de entonces.

“A Castilla y a León, Nuevo Mundo dio Colón”. Y es cierto que Colón dio un nuevo mundo a España. Sin embargo, el primer descubridor no era español sino italiano. El primer propagador de la fe cristiana en el nuevo mundo era descendiente de una familia judía genovesa. A pesar de ser geógrafo, no tenía ninguna certeza que la Tierra fuese redonda. Este supuesto matemático podía apenas sumar. El nombrado Gran Almirante de la Mar Océana se equivocaba con frecuencia al dirigir su nave a menudo con errática intuición. El descubridor de América creía haber abordado Asia y por un largo período sostuvo dicho error. ¡Cuántas contradicciones! De no tener la prueba de su éxito, se hubiese podido pensar en un impostor y allí hubiera quedado el asunto si la buena fortuna, que se alternó con la mala suerte a lo largo de la vida de Colón, no lo hubiese llevado en el invierno de 1484 a presentarse a las puertas del Convento de la Rábida. Colón pide refugio que le es otorgado sin mayor trámite por el franciscano Juan Pérez, antiguo confesor de la Reina Isabel de Castilla. Fue esta la primera aparición en España del futuro descubridor de América. Llega de Portugal, en donde ha fracasado en convencer al Rey Juan II de las bondades del proyecto y que al rechazarlo, los portugueses dejan escapar una única y extraordinaria oportunidad de notoriedad y de riqueza. Será España la elegida para descubrir, conquistar y administrar un nuevo mundo.

Pérez, acompañado del fraile Antonio de Marchena, muy versado en la ciencia geográfica y ambos posiblemente judíos conversos, escuchan los proyectos de Colón quien obtiene una adhesión de principio y una promesa formal de apoyo. El franciscano no está tan retirado del mundo para no haber conservado sus relaciones en la Corte que está dispuesto a ponerlas a disposición de este iluminado mesiánico. Varios años pasarán antes de que Colón concrete su proyecto. Varios años entre el ensueño y la acción. Pero para el futuro Gran Almirante, desde el Convento de la Rábida a Granada y de Cádiz al Grito de Bermejo ese famoso 12 de octubre de 1492, no será sino un caminar resuelto hacia la inmortalidad histórica.

“¡En el nombre de Dios, largad las velas!”…

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