Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Violencia virtual

Los implacables jueces de las redes sociales y la pérdida de la privacidad.

— Carol Zardetto
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Hay fenómenos que cada día son más frecuentes y que nos enseñan una fase oscura de la comunicación que permiten las redes sociales, la difusión de la imagen y la desaparición de los límites de la privacidad.

La semana recién pasada se volvieron virales (a nivel mundial) las imágenes de una joven que celebraba su despedida de soltera con una fiesta. Ocasionaron la ruptura de la pareja y una lluvia de grotesca violencia sobre la joven. Todos se sentían con el derecho a opinar. Por supuesto, el implacable machismo era la tónica de la mayoría de comentarios.

Netflix apadrinó un documental acerca de dos adolescentes norteamericanas. Ninguna de las dos pasaba de los 16 años. Ambas fueron abusadas sexualmente y, además, filmadas. Las imágenes se difundieron en las redes sociales. Una de ellas se suicidó. Por supuesto, el público que observó estos videos no las consideró víctimas. Juzgó y castigó de manera violenta la exposición de su sexualidad.

Estos casos resultan irónicos de una horrible manera. Por un lado, se comercializa el cuerpo de la mujer, se exaltan imágenes hipersexualizadas del mismo, se incita de múltiples maneras la incursión en el mundo de la sexualidad de muchachas cada vez más jóvenes, induciéndolas a comportamientos supuestamente seductores que se venden como deseables, y luego, se les apedrea sobre la base de unas reglas morales que contradicen el mainstream de la comunicación mediática.

La gente se está convirtiendo, cada vez más, en sedentarios voyeuristas de la vida ajena. Y encima de todo, en jueces crueles, implacables, que se sienten dueños de la verdad, de la moralidad y de la ley. Las redes sociales están asumiendo el patético rol de un circo romano. La mujer, para variar, lleva las de perder.

En medio de todo esto, la privacidad es la principal pérdida. ¿Tenemos derecho a la privacidad? ¿No resulta transgresor, inclusive delictivo, difundir públicamente una situación de naturaleza privada? ¿No se convierte esto en una explotación mediática ilegítima de la cual no deberíamos participar?

No sé si las limitaciones legales puedan frenar este desenfreno. Pero creo en el postulado de Hannah Arendt en su obra La banalidad del mal: todos somos responsables de nuestros actos y frente al mal, siempre tenemos una opción. Resulta profundamente maligno erigirnos como jueces de la vida ajena, husmear en su privacidad, destruir con nuestros prejuicios a otra persona que tiene derecho a la libertad, a la privacidad y a confrontar consigo misma sus elecciones. Me parece que frente a la ilimitada posibilidad de ver o de opinar, los límites deben nacer de la propia ética de cada uno de nosotros. El respeto al otro es un pilar básico del respeto a nosotros mismos.

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