Martes 18 DE Septiembre DE 2018
Opinión

¿Renovados espejitos?

El tema último que importa –el tema del que no se habla– y que es, además, el que explica tanto los atajos como la corrupción que han sido denunciados, es el de la eficiencia y tarifas portuarias.

— Acisclo Valladares Molina
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Tenemos como costumbre –pésima costumbre– la de no focalizar lo que verdaderamente importa y quedarnos por las ramas.

En el foro que fuera celebrado en el Teatro Nacional, invitados los cinco candidatos que estábamos a la cabeza de las encuestas en las elecciones presidenciales de 1995 (ocupé en estas el quinto lugar con el 5.29 por ciento de los votos) me referí reiteradamente a la tragedia que en materia crediticia vivíamos entonces y que ¡Increíble, pero cierto! dos décadas después, todavía se sostiene: nuestra banca privada, sin correr riesgo alguno, dedicada a atender la voracidad crediticia del Estado, desleal competidor en el mercado de capitales, dejando a la economía real con las migajas.

Como consecuencia de la reforma constitucional de 1994 –reforma aprobada con una asistencia electoral poco menos que raquítica– el Estado empezó a ser el competidor desleal en el mercado crediticio dispuesto a pagar cualquier tipo de interés para hacerse del dinero, arrebatándole, así, la posibilidad de tenerlo, a los empresarios –sobre todo pequeños y medianos, incapaces, entonces– sin crédito –de crear y de desarrollar sus empresas con sus consecuentes puestos de trabajo– los bancos felices –holgazanes– sin correr riesgo alguno ¡Viva la Pepa! prestándole al Estado, un cliente seguro, fácil de atender, y que al final de cuentas siempre paga; maquinita que es de impuestos y de más endeudamiento –haciéndose, así, la banca privada, de las espectaculares ganancias que ninguna otra banca se atrevería ni a soñar en otro país del mundo.

 Los asistentes al evento desesperaron, acostumbrados a no pensar en eventos de este tipo –si alguna vez lo hacen– y a escuchar simples sandeces (los prejuicios de los que habla Álvaro Castellanos Howell en su columna del viernes 2 de septiembre: rechazar y aceptar sin que exista otra razón que la sinrazón de los prejuicios) La supuesta elite no entendía la gravedad de lo planteado o –quizá– esto es lo más probable –no querían comprenderlo.Uno de los factores para que Guatemala no crezca con la velocidad con que debiera –se debe a la falta de acceso al crédito y a tipos de interés competitivos– costo el del pago de intereses que, altísimo, como lo es, nos saca incluso del mercado. Se trata esta realidad de los altos precios del crédito –el más caro, el que no se tiene– de un gravísimo problema que impide el desarrollo pero no lo comprendimos o no lo quisimos comprender y veinte años después seguimos en las mismas, perdidos en las ramas. En el caso de la Terminal de Contenedores de Puerto Quetzal nos empieza a ocurrir lo mismo: Nos quedamos por las ramas y resultamos incapaces de entender –o no queremos hacerlo– la razón que subyace en todos los atajos que fueron buscados para que los empresarios españoles se hicieran del contrato, así como del dinero que se habría derrochado para lograrlo y de la inversión que se hizo para hacer posibles las ganancias, ganancias que habrían de pagar, y con creces, todo lo derrochado e invertido.

Nadie habla –nos quedamos en las ramas– de lo que debería hablarse: De tarifas y
eficiencia, lo que importa.

En este tema lo que está en juego –en efecto– es la eficiencia portuaria y sus tarifas –determinantes de la economía nacional como uno de los costos que tiene todo cuanto exportamos e importamos–, siendo la ineficiencia portuaria y las altas tarifas determinantes del encarecimiento de los productos que importamos y exportamos (se nos encarece el consumo y pierden competitividad nuestros productos).

Esta es la razón del atajo buscado –el del contrato de usufructo oneroso en vez de una licitación pública internacional y el de las generosas mordidas (deben probarse) que se habrían dado: evitar la competencia de otros oferentes en cuanto a la eficiencia y las tarifas.

Lo que importa en este tema –además del combate en contra de la corrupción– irrenunciable –es evitar, precisamente, lo que la corrupción se proponía– a cambio de un plato de lentejas perder la primogenitura de la
eficiencia portuaria, incluidas sus tarifas.

Los puertos no se hacen para que se enriquezca el Estado con rentas o plusvalías (o indemnizaciones, por millonarias que sean o parezcan) ni para que los trabajadores portuarios ganen por encima de los otros sino, para prestar el mejor de los servicios, al menor de los precios, al más corto de los tiempos ¿No logramos comprenderlo?

Me imagino que, como en aquella otra ocasión, las elites –también en esta– cerrarán como siempre sus oídos y –miopes– no comprenderán –o, mejor dicho– no querrán comprender lo que verdaderamente importa, perdidos por las ramas y por renovados espejitos. ¿Serán daneses?

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