Lunes 22 DE Abril DE 2019
Opinión

Los doscientos años de vida independiente (III Parte)

Rajuaxik utz¨ukuxik re kas kiibinik wi y, muy profundo, “hasta el hondón del alma”.

— Acisclo Valladares Molina

El 15 de septiembre de 1821 declaramos nuestra independencia y, en nosotros, preservarla, retomarla, reconstruirla o, incluso, si se quiere, construirla, tal y como se debió construir desde el principio, un esfuerzo el de su construcción que nunca cesa. (Cuidado con ponerse uno con dedo acusador, juzgando, hoy, con los criterios, los avances y las comodidades del presente ¡Vaya si seremos soberbios! lo que ocurriera entonces).

“La historia de Guatemala es la historia de un proyecto de Estado que no existe” cito a Demetrio Cojtí y me pregunto ¿Qué tal si nos proponemos su existencia? Un Estado en el cual ri ix aj waral, ri kaxlan, ri muxib –hermanos todos– wachalal ikonojel –podamos vivir en paz, imbuidos en lo que jamás podría hacerse por una imposición de las normas: la solidaridad que debe haber entre nosotros, informada por nuestros recíprocos aceptación y respeto y que nos permita forjar, finalmente, un sueño común, pluriétnico, multilingüe, pluricultural y plurinacional, como se debe.

¡In ko jun achik!

Feliz 15 de septiembre y ojalá que, dentro de cinco años, hayamos sido capaces de hacer de esta fecha un evento más glorioso: Tal es nuestra responsabilidad y se encuentra en nuestras manos.

¿Habremos sido capaces de forjar una auténtica representación nacional, para entonces, a través de lo único que la puede hacer posible, el sistema de los distritos pequeños, uno solo el diputado de cada distrito?

Una vez más, y lleno de amor patrio, –del amor de esa patria que seguimos forjando– su formación es un proceso –y de la cual debemos hacer– cito a Don Severo Martínez Peláez –Patria de todos ¡Feliz 15 de septiembre! Independencia “superficial” ¡Vaya soberbia! que nos permite, incluso, así, calificarla.

No será en este gobierno que lleguemos a los doscientos años de vida independiente –será en el próximo– en el que habrá de instalarse el 14 de enero de 2020 –pero pienso que es en este– e incluso que debió ser antes –que debemos empezar a hacer todo lo posible para que el bicentenario que se acerca no se limite a simple festejo, por magnífico que sea, sino que sea la culminación de todo un ejercicio de encuentro entre nosotros, empezando por el que debemos de hacer
–“hasta el hondón del alma”– con nosotros mismos, imprescindible para comprender el presente y proyectar el futuro: el sueño común que, hasta ahora, no hemos sido capaces de forjar.

Para comprender el presente que vivimos y proyectarnos al futuro –si queremos hacerlo con acierto– es imprescindible que conozcamos el pasado y, es más, que nos conozcamos a fondo, sin ropajes, en lo más profundo de nosotros mismos, de frente ante el espejo. 

El que más, el que menos, tiene entre nosotros de ix aj waral y de kaxlan –sea cual sea el porqué del mestizaje y resulta tan absurdo renegar de nuestra parte indígena como de nuestra parte hispana –ampliado a lo garífuna y a lo kaxlan venido de otros lares– mestizajes, incluso, más complejos. 

Serán, dentro de cinco, los doscientos años de vida independiente pero no es la independencia para nosotros –ni muchísimo menos– el inicio de nuestra historia, historia que se remonta a mucho antes de lo hispano, momento en que quienes nos antecedieron en estas tierras alcanzaron un extraordinario desarrollo cultural que es nuestro legado.

Extraordinario lo anterior a la presencia hispana, con inmensas virtudes pero –también– con inmensos defectos –tan graves estos que la conquista carece de explicación militar alguna siendo más bien, una explicación que tan solo puede encontrarse en lo político. 

Ya en algún momento me he permitido compartir mi apreciación de que aquellos que quieren ver en los venidos de España, escoria, bastante daño se hacen a sí mismos porque el triunfo de estos –si escoria– solo se explicaría por el hecho de que hubiese sido más escoria lo encontrado. 

De igual forma yerran, quienes quieren negar la importancia cultural de lo habido antes de la presencia hispana, inexplicable su supervivencia, quinientos años después, si no fuera por su fuerza, su excelencia y su importancia.

La independencia fue, sin lugar a dudas, la independencia de los criollos y la patria que ya venía forjándose por estos desde de antes, su patria, pero fue –así mismo– el inicio de un proceso que iniciado entonces continúa y que debe desembocar en la patria que, lejos de ser la de unos pocos, sea ya –reitero la cita de Severo Martínez Peláez– la de todos.

Humberto A’kabal, la poesía, la esencia misma y purísima de todo cuanto existe o se imagina, es expresión de lo que somos y sentimos. Nadie entre nosotros –aunque se resista a ello– es ajeno a lo indígena y nadie entre nosotros –aunque se resista– a lo hispano y al mestizaje étnico, social o cultural –incluso ampliado– que a todos toca y del que ninguno escapa.

Como necesaria expresión política me inclino por los distritos electorales pequeños –un solo diputado por distrito– y lo hago a tal extremo, que pienso que sin estos, no llegará a ser posible nunca la representación que precisamos: divorciados los representantes de los representados, e imposible, así, –sin la necesaria comunión entre estos– sin el cordón umbilical – la culminación de lo emprendido. 

¡Feliz 15 de septiembre, su bicentenario, en nuestras manos!

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