Jueves 20 DE Junio DE 2019
Opinión

Energía de los pueblos

En contraste con las hidroeléctricas comunitarias, los megaproyectos privados provocan destrucción natural y división social.

Fecha de publicación: 17-09-16
Por: Anamaría Cofiño K.

Tuve la suerte de asistir a la inauguración de la hidroeléctrica comunitaria de la aldea La Taña, en la Zona Reina, municipio de Uspantán, Quiché, territorio aún desconocido para muchas personas. Fue impactante ver la comunidad de noche, con su alumbrado público encendido, los negocios y el salón iluminados y la calle llena de gente.

La Taña es una comunidad de reciente asentamiento en lo que antes fueran fincas privadas, a la orilla del río Satán. La población, mayoritariamente q’eqchi’, vive de la agricultura –maíz, frijol, cardamomo– y del comercio a pequeña escala. El acceso a estas comunidades, abandonadas a su suerte por el Estado, se realiza a través de veredas y caminos en pésimas condiciones, que empeoran durante la larga temporada de lluvias.

Siguiendo el ejemplo de la vecina comunidad 31 de Mayo, que desde hace tres años cuenta con energía propia, y apoyándose en el acompañamiento que les ha dado el Colectivo Ecologista MadreSelva, habitantes de La Taña hicieron el recorrido para contar con su propio sistema de generación eléctrica. Este proceso inicia con el deseo común de mejorar las condiciones de vida, implica la realización de consultas, intercambio de información y saberes, gestión de recursos, planificación técnica, pero fundamentalmente, organizarse para construir servicios comunitarios que beneficien a quienes los usan, cuidando y conservando el entorno natural.

Las pequeñas hidroeléctricas como esta, se nutren de un porcentaje mínimo del caudal de los ríos, no construyen embalses sino pequeños tanques, y la generación se planifica para cubrir las necesidades locales. En este caso, la turbina tiene potencia para producir 90 kilovatios, suficientes para sus requerimientos e inclusive a futuro, los de caseríos vecinos.

El tránsito de la oscuridad a la claridad, de lo manual a lo motorizado, el acceso a medios de comunicación electrónicos, son parteaguas en la vida de pueblos que el Estado abandonó a su suerte, y que hoy encuentran formas propias de satisfacer sus necesidades. La celebración multitudinaria, a la que asistieron poblaciones vecinas, autoridades municipales, visitantes y cooperantes solidarios, fue manifestación de este hito histórico.

Pasar del uso de candelas y linternas, a encender focos y conectar aparatos, conlleva una serie de fenómenos que la comunidad debe enfrentar, como el cuidado de los bienes naturales. Hay una conciencia de que si no se preservan bosques y montañas, el agua se acaba.

El orgullo y la alegría mostrados en la celebración por el logro alcanzado, son fruto de una lucha colectiva: las 420 familias beneficiadas participaron en el acarreo de materiales y la construcción de las instalaciones; mujeres y hombres aportaron tiempo, energía y recursos para que el sueño se materializara; en asambleas comunitarias decidieron las vías y eligieron a quienes a través de la asociación AMALUNA se hacen cargo de sostener y darle continuidad no solo a su proyecto, sino a un tejido de comunidades que están saliendo de la oscuridad.



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