Miércoles 14 DE Noviembre DE 2018
Opinión

La libertad que nunca llega

Corta el aire contaminado un montón de sables que aterroriza a la gente que no olvida las masacres.

 

— José Barnoya
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Regresan los patojos de la escuela ese primer día de septiembre, sorprendidos, pues la maestra les ha dicho que está próximo el Día de la Patria. Ingenuos, se preguntan, sobre quién es la patria, dónde vive y cuántos años arrejunta. Ya se hacen quebrando una piñata, devorando un pastel y cantando el agringado japiberdei.

Detrás del primer cañonazo se vienen los restantes, inútiles, pues solo sirven para alborotar zanates. Las notas destempladas de una corneta hacen que una bandera desteñida y perezosa se encarame como puede en un mástil. Entre dos azules: verdes el penacho, las alas y la cola, ensangrentado el pecho, un quetzal anida sobre un pergamino con la fecha: 15 de septiembre de 1821, aherrojado por dos sables y dos bayonetas, enmarcado por dos mustias ramas de laurel.

Poco a poco el deteriorado asfalto de las calles se va llenando de ruidos producidos por las bandas de guerra. Tamborones, cornetas, clarines y redoblantes atruenan el espacio. Aparecen botas por todos lados, que hieren el piso lleno de baches. Corta el aire contaminado un montón de sables que aterroriza a la gente que no olvida las masacres. Niños, adultos y viejos presencian el desfile y se preguntan sobre quién es la patria y dónde está la doña cuyo aniversario se festeja en esa forma extraña.

Distraído como estoy no me doy cuenta de que una anciana de 195 años se tropieza conmigo. La vieja muestra en cada cana el luto por cada hijo sacrificado impunemente; en cada arruga, la marca de un saqueo, una depredación, corrupciones, engaños y chanchullos; y en cada uno de los jirones del manto, la blusa y la falda, la huella de una concesión o un préstamo.

Exhausta, la Patria –vieja y pobre– rodeada por un montón de zopilotes se adormece sobre un cerro de desperdicios. Toma con sus manos temblorosas un periódico mientras observa una caricatura del genial Forges: “Soy libre, puedo elegir el banco que me exprima; la cadena de televisión que me embrutezca; la petrolera que me esquilme; la comida que me envenene; la red telefónica que me time; el informador que me desinforme y la opción política que me desilusione”. Un petate raído, un mendrugo de pan tieso, un pocillo con café frío y una lágrima de nostalgia le sirven de compañía a la vieja achacosa que sigue siendo mi Patria.

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