Jueves 15 DE Noviembre DE 2018
Opinión

¿Será posible legislar en pro de nuestra propia destrucción?

Es hora, entonces, de que verdaderamente hagamos valer nuestra soberanía.

— Humberto Grazioso Bonetto
Más noticias que te pueden interesar

Con motivo de la proyectada Reforma Constitucional de nuestra Carta Magna que tiene como razón de ser el corregir algunos aspectos relacionados con el sector justicia, está corriendo el rumor de que se quiere reformar el Artículo 3 de la misma, que garantiza y protege la vida humana desde su concepción, así como la integridad y la seguridad de la persona.

Alrededor del mundo hay muchas naciones que han incorporado a su legislación la legalización del aborto, amparados en dos elementos fundamentales, además de otros accidentales a los que oportunamente haré referencia en este artículo sin detallarlos expresamente, sino únicamente mencionándolos de pasada.

Los elementos fundamentales son: a) el relativismo como modo de vida, el cual podría sintetizarse en la afirmación de Ramón de Campoamor y Camposorio, quien dijo que nada es verdad ni mentira, que todo es del color del cristal con que se mira, lo que traducido al relativismo conceptual significa que fácilmente puede confundirse la realidad con las ideas, olvidando que la realidad ES, mientras la idea es una elaboración de la mente que se articula con palabras, de acuerdo a la visión del mundo de quien contempla esa realidad, lo que es igual a considerar que la totalidad de esa verdad es la que está viéndose desde el ángulo de quien la contempla, como lo afirma José Ortega y Gassett en su obra La Doctrina del Punto de Vista, que constituye, a mi juicio la versión filosófica de la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, la que en palabras sencillas significa, y ese es el problema, que quien contempla cree que la verdad absoluta puede verse desde el ángulo en el cual se ubica. b) El relativismo conceptual que es la capacidad de otorgarle a las palabras y los conceptos un significado lato, es decir, amplio en el cual pueden caber muchas interpretaciones, tantas como los grupos que detentan el poder quieran darle, de modo que a la eutanasia se le ha llamado muerte dulce y al aborto se le ha denominado interrupción del embarazo porque se oye menos impactante que la palabra asesinato, ya que reúne todas las características legales del mismo, que son premeditación, alevosía, ensañamiento y ventaja.

Bajo esa perspectiva se han confundido palabras tan importantes como libertad y libertinaje, lo que ha permitido llamar mal al bien y bien al mal, me explico: La libertad es, la libre autodeterminación para el bien, entendido este como el bien objetivo, no como el bien de cada quien, porque eso significa que lo que es bueno para Juan puede ser malo para Pedro, cuando la realidad de las cosas es que la bondad y la maldad son objetivas, no dependiendo del punto de vista en que se contemplen, sino reuniendo los diversos puntos desde los cuales las mismas se vean, mediante una discusión dialéctica que ayude a aproximarse a la verdad, la que así contemplada contribuye a la realización del bien común.

Actualmente, prevalece la concepción subjetiva que da lugar a defender lo indefendible amparándose en un equivocado concepto de libertad, el que se confunde con el libertinaje, consecuencia necesaria, entre otras cosas, del avance tecnológico y digital propio de la era de la globalización que ha otorgado al ser humano un dominio sobre la naturaleza y un desarrollo de su inteligencia nunca antes visto, lo cual ha producido cuatro etapas que son consecuencia de ese dominio, a saber: 1) la autosuficiencia, es decir, la creencia que para el ser humano todo es posible, dado el hecho que ha logrado con su inteligencia, la cual es delegada y no autónoma, alcanzar cumbres nunca antes previstas, desde las cuales le permite alzarse sobre sí mismo creyendo que todo su entorno se debe a su propia capacidad, lo que le otorga la posibilidad que constituye la segunda característica de las cuatro a que he aludido, que es 2) la protesta, es decir, la posibilidad de rebelarse contra el orden objetivo establecido por el Derecho y la Justicia, rebelión esta que cuando tiene éxito reafirma la autosuficiencia y cuando no lo tiene da lugar a la tercera característica que es 3) la indiferencia, entendida ésta como el desdén ante su fracaso y ante todo lo que le rodea, lo que va creando, poco a poco, un vacío interior que trata de llenar mediante el consumo indiscriminado de lo superfluo, que se desecha en cuanto se obtiene, obligándolo mediante el bombardeo de los medios a seguir consumiendo para obtener satisfacciones efímeras que terminan en cuanto el objeto deseado es conseguido, hecho este que produce la cuarta característica de la civilización actual occidental, es decir, 4) la negociación, para la cual es necesario el dinero, de modo que, dado el relativismo imperante todo es negociable, incluso los principios y los valores, a tal grado que todo hombre tiene un precio, siendo a la vez capaz de hacer cualquier cosa con tal de obtener el dinero que necesita para consumir no solo lo necesario sino sobre todo lo superfluo, constituido por necesidades creadas mediáticamente, las cuales distan mucho de ser reales, eliminando así todo lo que perturbe esa consecución incluido el irrespeto al no nacido y el carácter desechable con el que se marca a las personas de la tercera edad porque ya no son útiles.

En ese contexto, la posibilidad de considerar el aborto como una necesidad para obtener o recuperar el bienestar y la comodidad perdidas por el embarazo primero, y por el cuidado del desarrollo del nuevo ser humano después, se pierden, destruyéndose así también el área de confort y comodidad que la satisfacción del propio ego demanda cada vez con más insistencia, haciendo de la persona un ser que centra su vida únicamente en sí mismo, importándole un comino la existencia de los demás y también su felicidad o su dolor.

En ese contexto, se considera normal el aborto porque permite recuperar el bienestar y el confort perdidos tanto para el presente como para el futuro, olvidando el hecho irrefutable declarado por la madre Teresa de Calcuta ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, reunida en Nueva York en 1997, en la que mencionaba que el peor enemigo de la paz es el aborto porque, y cito: “La amenaza más grande que sufre la paz hoy en día es el aborto, porque el aborto es hacer la guerra al niño, al niño inocente que muere a manos de su propia madre. Si aceptamos que una madre pueda matar a su propio hijo, ¿cómo podremos decir a otros que no se maten?”

Concluyentemente, si se hace un uso sensato de la razón y del sentido común, no puede aprobarse, de ninguna manera la constitucionalización del aborto porque de ese modo Guatemala se estaría sumando a la cultura de la muerte y de la guerra vigente en tantas partes del mundo actual, con consecuencias que ya se están viviendo, tales como la capacidad de reproducción de muchos países europeos y de los habitantes anglosajones de los Estados Unidos de América, que ya la perdieron, como se pudo evidenciar en los últimos juegos olímpicos, en los que se demostró que muchas de las selecciones nacionales de las diferentes disciplinas estaban integradas no por los habitantes natos de los países que representaban sino por personas que habían adoptado legalmente esas nacionalidades, provenientes de otras latitudes como el África y la América Latina.

Es hora, entonces, de que verdaderamente hagamos valer nuestra soberanía, como lo hizo la hermana República de Paraguay, oponiéndonos a la supresión del Artículo 3 de nuestra Constitución o a su mañosa modificación, que podría lograrse mediante el uso manipulado del relativismo conceptual al que se ha aludido en esta columna.

Etiquetas: