Jueves 22 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El médico y poeta

El virus de la poesía tiene ese defecto que, una vez se instala, se queda definitivamente en la sangre del ser humano.

— José Barnoya
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Llegué a la Emergencia del Hospital Herrera Llerandi en donde me esperaba el tío Rafael en el cubículo 4. Ya el médico de emergencia lo había examinado cumplidamente. Cuando el joven médico dijo su nombre, el tío preguntó presuroso: –¿Qué es usted de Cesáreo Argueta?–. A lo que respondió el Médico de Emergencia, doctor Enrique Argueta: –“Soy su hijo”–. Pues sepa querido amigo que tanto yo como mi hermano Joaquín, fuimos sus amigos. Cesáreo era militar de los de antes: pundonoroso, honrado, leal y además valiente. Llegada la Revolución de Octubre de 1944 que derrocó al general Ponce Vaides (sustituto del dictador Ubico) se negó a rendir el Castillo de San José, sin saber que la Guardia de Honor y el cuartel de Matamoros ya se habían rendido.

Pues de esa estirpe viene Enrique Argueta Molina quien no solo ha sido a lo largo de los años, un diligente, ético, acertado y responsable Médico, sino que mientras dormitaba en un cuarto para Residentes en el Hospital Herrera Llerandi, se le aproximó a su camastro, una dama sensual, tierna y delicada quien, no era otra que una de las nueve musas: la Poesía; esa diosa que como bien dice el inefable Luis Cardoza y Aragón es: “La única prueba concreta de la existencia del Hombre”. En ese instante Enrique tomó la pluma que siempre usaba para describir síntomas y signos de las enfermedades, y en una hoja pequeña de recetario escribió: “¿Poeta yo? / Vaya utopía / si nunca he escrito un solo verso / si no sé lo que es la métrica / ni sé de versos decasílabos / si no sé de rimas ni sonetos / ni lo que es arte mayor o arte menor / y menos de cómo se escribe un madrigal”.

Entusiasmado, se colocó frente a su ordenador y empezó a pergeñar versos, epigramas, endecasílabos y endechas, entremezclando el amor puro, las estancias de su tierra, la belleza de la mujer y la denuncia de los males de la patria. La virginal pantalla se fue llenando de letras, sílabas, palabras y metáforas que, fueron trasladándose a las páginas de un libro que hoy ostenta el atractivo título de: Vocación tardía.

Así discurre la “vocación tardía” de Enrique Argueta; vocación que yo no considero tardía, pues la literatura (poemas, cuentos, novelas, ensayos) se manifiesta a cualquier edad y por sorpresa.

El virus de la poesía tiene ese defecto que, una vez se instala, se queda definitivamente en la sangre del ser humano, permaneciendo en la mano, el cerebro y el alma del poeta, hasta el fin de los tiempos.

Y eso ha sucedido con Enrique, el médico juglar: escribió el primer verso cierto día, pero no se sabrá nunca la noche en la que escribirá el último. Así es como a lo largo y a lo ancho de sus varias páginas se aparecen a la vista versos que son para leerlos en voz alta y luego meditarlos.

De cantarle a lo que heredó de los ancestros, pasa a versificar sobre la mujer, sigue sus pasos, delira por ella, la hace su musa, para terminar sintiéndose parte de esa misma musa. Todo eso sucede cuando se leen: “Delirio, Tus pasos, la Modelo, Eres tú, Tu aroma, de Colores y Parte de ti”.

Termino de leer el último poema de Vocación tardía del médico y poeta, pensando en el malogrado vate mejicano: Manuel Gutiérrez Nájera, para repetir con él: “Yo no escribo mis versos, no los creo; / viven dentro de mí; vienen de fuera: / a ése, travieso, lo formó el deseo; / a aquél lleno de luz la Primavera”.

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