Martes 25 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Deuda histórica

Negarse a respetar los derechos de las personas es corrupción.

 

— Anamaría Cofiño K.
Más noticias que te pueden interesar

La gente poderosa responde obedientemente los mandatos patriarcales y se ciñe de igual manera al marco racista, clasista, homofóbico, misógino y xenofóbico que es su orientación ideológica. Así son los directores de oligopolios, patronos finqueros, secretarios de partidos y sindicatos, y altos jerarcas religiosos, que se han opuesto a reformas económicas y sociales, como la fiscal, la política, la educativa, la laboral y la agraria, que siguen pendientes.

El Congreso de la República está plagado de protagonistas que encarnan el modelo dominante a cabalidad. Uno de ellos, abogado con un historial de adoptista, promotor de la pena de muerte, defensor de narcos y funcionarios corruptos, de militares violadores de derechos humanos y de empresas extractivistas, está proponiendo que se castigue a los extranjeros que se involucren en la política, haciendo alarde de su anacrónico temor y odio a lo diferente.

Para empezar, el diputado en cuestión tendría que definir qué entiende y cómo delimita el ámbito de la política. Porque si opinar o participar en la vida pública son considerados actos prohibidos para cualquier persona, a esto más bien debería llamársele fascismo. No es casual que dicho personaje sea fiel seguidor de Trump y su proyecto de muro fronterizo.

Con casos como este, vemos la importancia de estar al tanto de lo que se discute en los centros de poder. Hoy vuelve a ponerse sobre el tapete la propuesta de ley 4963, relacionada con el trabajo en casa particular. Proteger a las trabajadoras, garantizarles la plena vigencia de todos sus derechos (horarios, seguros, salarios), crear condiciones dignas para su desempeño y desarrollo, ha sido exigido desde hace mucho tiempo. Son miles las que, por necesidad, se ven obligadas a regalar su trabajo a un sistema que naturaliza la esclavitud. Brindarles oportunidades para superar las injusticias históricas que se han cometido contra ellas debería incluirse en la demanda.

En realidad, el Estado de Guatemala tiene una deuda inconmensurable con las mujeres. Los datos estadísticos y los hechos cotidianos dan cuenta de cómo nacer mujer aquí es un riesgo para la vida. Que miles de niñas sean violadas y obligadas a ser madres, pone de relieve la dimensión del problema. Una sociedad donde las pequeñas son abusadas en sus familias, en las escuelas e instituciones, en las calles y en los centros de trabajo, es una sociedad gravemente maltrecha que requiere enmendarse urgentemente.

Los hipócritas tradicionales que dicen defender la vida desde su concepción, dejan de lado a quienes padecen en carne propia ahora la explotación sexual, el hambre y la miseria.

Vergüenza debía darles a los padres de esa patria excluyente, guardar silencio ante semejantes problemas. Los verdaderos hombres –conscientes y responsables– se comprometen y luchan frontalmente contra la violencia, en todo tiempo y lugar. Al presidente le debería quitar el sueño el nivel de horror que vive la niñez. Es evidente que esa no es su prioridad.

Etiquetas: