Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

La evolución de los zorros y los humanos

Qué poderosa es la selección –natural o artificial–, el mecanismo fundamental de la evolución que Darwin descubrió.

— Roberto Blum
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En 1959, Dimitri Belyaev, científico ruso, inició un experimento con zorros silvestres (vulpes vulpes), tratando de entender el proceso de domesticación que animales como los perros habían sufrido para convertirse de lobos feroces, hace unos 12 mil años, en animales domesticados, que sirven al hombre y conviven con él.

En su famosa obra El origen de las especies, Charles Darwin escribió: “No puede citarse en ningún país un animal doméstico que no tenga las orejas caídas”, característica que, excepto en los elefantes, no se encuentra en ningún otro animal en estado salvaje. Parece evidente que la domesticación produce efectos visibles en el cuerpo, en la conducta y también muy probablemente en los procesos internos de los animales domesticados. Habrá que recordar que, en 1859, Darwin no contaba ni con la teoría de los genes ni con los instrumentos adecuados para investigar los distintos procesos químicos que ocurren dentro de los organismos vivientes.

Belyaev comenzó criando y seleccionando zorros que naturalmente mostraban una tendencia a no temer el contacto con los humanos. Esta propensión, seleccionada durante unas cuarenta generaciones, produjo cambios radicales en la apariencia y en la conducta de los zorros domesticados: orejas caídas, mandíbulas más cortas, pelaje variado…; además, buscaban acercarse a los humanos, movían la cola, mostraban su deseo de ser acariciados, etcétera. Todos estos cambios en tan solo unas cuantas generaciones. Qué poderosa es la selección –natural o artificial–, el mecanismo fundamental de la evolución que Darwin descubrió.

Pero ¿también funcionan estos mismos mecanismos en los humanos? ¿Será posible que en unas pocas generaciones los humanos se diferencien como sucede en los animales y en las plantas domesticadas?

En 1935, el líder de las SS nazi, Heinrich Himmler, organizó la institución Lebensborn –fuente de vida–, con el propósito de fomentar y expandir, mediante un programa eugenésico, las características deseables de la llamada “raza aria”. Los brutales métodos utilizados por los nazis en su visión racialista desprestigiaron no solo la eugenesia, sino cualquier sugerencia, o incluso los estudios, de que los humanos podían haberse diferenciado, por los mecanismos darwinianos, de la selección natural o artificial. Así podría explicarse el éxito del pseudo científico estalinista Trofim Lysenko, en la Unión Soviética, o la visión estrictamente culturalista, en la antropología occidental.

La distancia temporal de los crímenes nazis y de las radicales ideas eugenésicas anglosajonas han permitido que en la actualidad se hayan vuelto respetables los estudios científicos con los que se busca entender las interacciones de los genes con el ambiente en las poblaciones humanas. La idea de que los humanos nacemos como “tablas rasas” y de que es el ambiente natural o social el que determina totalmente el resultado se ha vuelto insostenible. Sin embargo, las ideologías y/o las falsas creencias siguen influyendo en qué lado de la división naturaleza/cultura se acepta. Por ejemplo: los grupos que apoyan el “matrimonio igualitario” afirman que la preferencia sexual es innata, mientras quienes se oponen al “matrimonio gay” creen que es una preferencia adquirida.

Los paulatinos resultados de las investigaciones de las ciencias biológicas y psicosociales irán, sin duda, aclarando las complejas interacciones de los genes y el ambiente, para responder mejor, aunque sea provisionalmente, a las numerosas preguntas que nos hacemos todo el tiempo sobre nosotros mismos. El método científico es actualmente nuestro mejor instrumento en pro del conocimiento, de la paz y de la justicia.

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