Miércoles 24 DE Abril DE 2019
Opinión

Estado laico

La arquitectura de la República.

— Anabella Giracca

Un país que no enseña su historia de una forma seria y sistemática, está condenado a no fomentar pensamiento crítico. Está desprovisto de análisis procesal; se vuelve “presentista”, inmediato; anula la posibilidad de “historizar” y comprender los hechos que acontecen. Y aquí es lo que tenemos. Miedo a opinar, a decir, a reflexionar, a contradecir. ¡Quieren ovejas!

Lo opuesto a los rebaños sería apostar por la trasformación del conocimiento, fomentar la unión en un plano de democracia y de igualdad. Comprometerse con un lugar común. Promover espacios de emancipación de pensamiento y combatir todo aquello producto de estereotipos. ¿Cómo fomentar nuestro propio pensamiento? ¿Cómo evitar la retórica espumosa de los políticos?

Como afirmó en su momento Ferrer i Guardia, la manera de atender la laicidad no solo está vinculada a la separación de Iglesia-Estado, sino a la ambición y capacidad de liberar, de emanciparse de las personas de cualquier dogma, tutela o autoridad irracionalmente impuesta. Hablamos de la tolerancia activa, la que ve en el otro más que un individuo, más que un ciudadano: una persona con autonomía de conciencia inalienable.

Debemos permitirnos tiempo para repensar el Estado. Porque será únicamente desde la osadía, desde la deliberación de un fresco modelo social y su aplicación práctica, como se podrá caminar hacia recetas más respetuosas con la pluralidad. Y sí, en pocas palabras un Estado laico es aquel que expone libremente su pluralidad, sin imposiciones ni hegemonía. Es norma reguladora del pluralismo de opciones que puedan convivir en un espacio público. En un Estado laico no se rompe con el clima de tolerancia activa. Porque la laicidad es la arquitectura de la República. La profundización democrática y alianza de causas justas.

Bien dicen que la democracia no solo se mide por el poder de las mayorías, sino por el respeto a las minorías. Donde todas las religiones tienen la verdad, pero en sus templos.

En un Estado laico se respetan las diferencias. Se evidencia la independencia del poder público, se acuña la igualdad y no la discriminación. Pero sobre todo, se respeta la libertad de decisión, la libertad de conciencia. Prevalece la autonomía de lo político.

Escuchar el calamitoso sermón del presidente en un acto eminentemente religioso, contradice principios elementales de este Estado laico. Se le olvida que cuando aparece frente al público, sus palabras se vuelven política. Cámaras… acción: el presidente habla con Dios. Ruega. Pausa. Llora. Amén.

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