Viernes 21 DE Septiembre DE 2018
Opinión

A propósito de mis seis décadas

— Jose Rubén Zamora
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Hoy, he llegado milagrosamente a las seis décadas, feliz de todo lo que Dios me ha prodigado y también por lo que no me ha dado. Es verdad, no me ha sobrado, pero jamás me ha faltado. Me preocupaba llegar a los 60 años, porque coincidía, si todo salía bien, con la graduación del programa de maestría de Ramón Ignacio, el más pequeño de mis amados hijos. En mayo se graduó y por lo tanto, lo que viva de ahora en adelante, son tiempos extras.

Agosto, que para mí comenzaba en las postrimerías de julio, siempre fue un mes especial, de celebración. El 28 de julio es el cumpleaños de mi entrañable mamá, quien murió prematuramente a los 58 años. También el de mi tía Olga y, según recuerdo, los de mis primas Lucky y María Marta. El 1 de agosto es el cumpleaños de Juan Carlos, mi primo, con quien crecimos juntos, aunque he dejado de verlo, como no hubiese querido, por más de 35 años. El 12 de agosto es el cumpleaños de Papaente, nuestro querido abuelito Clemente, el cual solíamos celebrar desde las 6 de la mañana hasta la medianoche, pues llegaban más de 1,500 personas a visitarlo desde el desayuno con marimba, pasando por el almuerzo, hasta la cena y, aunque no le gustaban los bolos, muchos se quedaban hasta pasada la media noche. El 14, es el cumpleaños de Julito mi primo y el 19 cumplimos años mi adorada abuelita, Mamavita, y yo. Nuestro cumpleaños coincidía en día, con 8 días de retraso con el de Papaente y llegaban sus parientes y amigas y mis primos y compañeros de clase.

No logro descifrar cómo es posible que ayer tenía diez años y pasaba todo el día en la finca Rabanales y Rabanalia, a 25 kilómetros de la ciudad, encaramado en caballos mal amansados, que incluso se saltaban la talanquera, capturando y comiendo cangrejos de río y jugando sin descanso fútbol y básquetbol y hoy cumplo 60 años y tengo tres hijos extraordinarios, mérito que atribuyo a su excepcional mamá –Minayú, mi esposa– dos nietos muy pero muy queridos, un hermano y una hermana, sobrinos y unas dos docenas de hermanos entrañables que me dio la vida, después de la secundaria, la universidad y la maestría.

De primaria, en el Javier, tengo compañeros de clase que estimo profundamente y que, sin embargo, tuve que dejar de ver, debido a que un editorial del abuelo enojó al Director del colegio y me vi forzado a buscar otro lugar donde estudiar. Este suceso fue uno de los más dramáticos de mi vida, pues coincidió con el divorcio de mis padres. Es decir, sin aviso, perdí a mi papá, a quien prácticamente no volví a ver en 49 años, hasta que pidió verme en su agonía; perdí a mis compañeros de colegio a quienes estimaba muchísimo; perdí mi hogar en el monte, dejé los caballos, los pájaros, el ganado, los bosques, los ríos y los cangrejos: sufrí mi primer doloroso desarraigo.

En el Javier practicaba y era muy bueno en todos los estudios y deportes. Debido a mi destreza en el fútbol y en el básquetbol, fui uno de los discípulos preferidos del hermano Álvarez, quien llegaba a la finca Rabanales de mi abuelo Rubén Zamora, de excursión con los diferentes grados de primaria –en una de esas hice clandestinamente la Primera Comunión en la iglesia de la finca– y a escoger los chivos que se montaban en el jaripeo que tenía lugar en la celebración del “Pregón”, jornada en la que todos los alumnos nos dedicábamos a realizar deportes y a jugar.

La secundaria la cursé en el Instituto Privado de Varones y Escuela Preparatoria Anexa, un centro de estudios de muchos valores, principios y disciplina, de una sección por grado, muy cerrada a los forasteros, sin embargo, con el pasar del tiempo llegué a experimentar comodidad y a desarrollar amistades perdurables y muy queridas.

Durante el ejercicio de mi profesión fui encontrando en el camino más que amigos, hermanos que la vida me ha regalado, quienes me han prodigado afecto incondicional e invariablemente.

En contra corriente a la filosofía dominante en la familia, de ver con relativo desdén la universidad, logré estudiar Ingeniería Industrial y graduarme con distinción de mi programa de maestría en Administración.

Jamás pensé que practicaría el periodismo, del que siempre quise escapar, pero Gonzalo, mi primo, mis colegas del periódico y la vida lo transformaron en mi laberinto perfecto: es decir, sin salida.

Es cierto que desde que nació elPeriódico, a principios del gobierno de Arzú, hemos sobrevivido con muchas dificultades y en medio de la precariedad financiera. Todos los colegas amigos que han trabajado en elPeriódico, en medio de la incertidumbre, han dado grandes aportes clave para que sobreviviéramos a siete presidentes de la República, francamente hostiles. No obstante, debo especial reconocimiento y agradecimiento, a los extraordinarios colegas periodistas que me acompañaron de manera suicida en tiempos de Otto Pérez y Baldetti.

Me sigue causando felicidad, contra los consejos de médicos especialistas en rodillas, correr todos los días entre seis y diez kilómetros y lo seguiré haciendo hasta que sea posible. Mis metas y objetivos fundamentales eran transformar Guatemala en un país diferente, con progreso, prosperidad, civilización para todos. En esta tarea, el tacuche me quedó muy grande y es poco lo que pude realizar y aún puedo hacer.

Pido excusas a mis estimados amigos lectores por el abuso de este largo “tamagás”, y paciencia porque a continuación publico la carta que me mandó el mayor de mis hijos cuando alcancé los 50 años, en 2006: es uno de los mejores regalos con los que me ha premiado Dios y la vida. Muchas gracias por aguantar mis excesos con tolerancia.

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