Domingo 23 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Adiós al cantante de Centroamérica Guillermo Anderson

Que el sol caribeño te ayude a volver a tu mar amado, querido pescador y marinero.

 

— Marcela Gereda
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Corría el año 2006. En Casa de América en Madrid, frente a la Plaza de Cibeles, a un costado del parque El Retiro, varios centroamericanos nos dimos cita una tarde de invierno para escuchar a aquel hombre caribeño de semblanza contenta.

No sé si fue el frío de aquellos días, o no encontrar nuestro lugar en el mundo, o sentirnos tan lejos de casa, del otro lado del charco, pero en cuestión de minutos la voz y guitarra de Guillermo Anderson nos tenía a chapines, nicas, guanacos y catrachos abandonando nuestros abrigos, bufandas y sillas, bailando juntos en una sola unidad.

Con solo dos tamborazos todos nos convertimos en bailarines de punta garífuna dejando brotar espontáneamente de nuestros corazones, algo que reconocíamos como la hermandad centroamericana. No sé cómo lo hizo exactamente pero embajadores, migrantes, obreros de la construcción, estudiantes, bohemios y empleadas domésticas éramos uno mismo.

Aquellos salones barrocos y pomposos con nombres de personajes latinoamericanos atrapados por el ritmo costeño, nos transportaron a nuestras palmeras. Casi pudimos sentir arenita bajo los pies. El escenario perfecto para celebrar ser esa locura innombrable de la centroamericanidad.

Lo que viví aquella tarde fue tan fuerte y tan inexplicable que a partir de eso asistí a todas las presentaciones de Guillermo. Nos hicimos amigos y cómplices del sueño de la unidad centroamericana. Lo admiré por su fuerza, por su lucha para cantarle al amor, pero sobre todo lo admiré por una sencillez envidiable y un sentido del humor capaz de hacer reír hasta las almas más frías.

Durante toda su vida fue promotor del arte y la cultura, hizo cuanto estuvo a su alcance para llevar hasta lo más recóndito una manera bella de concebir y percibir el mundo.

Después de graduarse con un título de Letras en California, participó del teatro latinoamericano, hizo cuentos para niños y gastó su vida cantando al mar, al amor, a la paz.

En uno de sus DVD que se titula “Cartas de navegación” (publicado en YouTube), dice Anderson: “vengo de un país desconocido en el mundo, mi voz es una voz pequeñita, pero cuando empezás a compartir con otros te das cuenta que tenés mucho en común, la música termina siendo un hilo que va hilvanando tu humanidad con la de los demás y te das cuenta que por más pequeña que sea tu contribución, podés poner tu granito de arena para una mejor convivencia humana”.

 “Me crié escuchando música garífuna. Esa música es muy distinta a la occidental porque en la occidental es la música la que marca el ritmo del baile, mientras el guarabano es el bailarín el que le dice al tamborista qué hacer y fueron ellos quienes trajeron a nosotros el calypso y reggae, la soca y la punta. También trajeron el blues y música soul a nuestras vidas”.

“Desde muy niño veía llegar los barcos, me iba con mi papá a pescar, entre La Ceiba y Trujillo. Todas las tardes iba con los pescadores a ver el mar. Para mí el mar es música, siempre he tenido obsesión con el mar y por ello es parte fundamental de mi creación y de todo lo que hago”.

Cuando le preguntaban sobre su música, Guillermo respondía: “La Ceiba, tiene mucha diversidad cultural, está la vida garífuna, la vida creole, la música de los isleños, más la influencia de las bananeras y de los barcos que venían de Europa, esa diversidad la busco expresar en mi música que también es una mescolanza de cosas, es como un tapado costeño”.

Guillermo supo que poderse reír de uno mismo y permanecer en calma son claves en la vida. Lo cantó y lo vivió hasta el último segundo según cuenta una carta escrita por su hija Rocío.

Gracias por habernos contagiado de alegría para cantar y bailar: “Cualquier lugar es el centro del mundo, cualquier amor es esencia, es verdad, cualquier humano es el más importante, cualquier momento es la eternidad”.

Guillermo decía con frecuencia que “en Centroamérica, a pesar de que estamos tan cerca, nos gana la división, estamos tan separados psicológicamente. Debemos pensarla como una región, como una unidad”.

Gracias Guillermo por regalarnos la vivencia de ser un todo con otros centroamericanos, aunque sea por un segundo, aunque sea una ilusión, aunque sea solo un sueño.

Que el sol caribeño te ayude a volver a tu mar amado, querido pescador y marinero. Gracias por tu alegría y sencillez, por tu música de humanidad. Te imagino volando y bailando eso que escribiste y que nos hiciste bailar tantas veces: ¿Qué más puede pedir este pobre marinero que no se quiere ir porque el corazón entero lo tiene en esta playa…”.

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