Jueves 20 DE Septiembre DE 2018
Opinión

Crispados, tensos, estresados

Con tantito que se molesten, ya se ponen brincones.

— Anamaría Cofiño K.
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La cotidianidad en Guatemala es muy agitada y difícil. Todos los días suceden cosas que afectan nuestras emociones y nos traen consecuencias. El solo hecho de salir a las calles nos confronta a una serie de problemas que generan malestares, tensión, violencia. El traslado de un sitio a otro, por ejemplo, se ha vuelto una experiencia desagradable que nos hace perder tiempo, energías y recursos, además de ponernos en situaciones de riesgo.

El transporte público es un pésimo servicio insuficiente que opera en condiciones indignantes. Las horas pico se extienden cada vez más, en medio de nubes negras expelidas por miles de vehículos que ruedan a paso de tortuga sobre una infraestructura cada vez más deteriorada. La población forzada a desplazarse para ir a trabajar lejos de su casa padece cansancio, estrés y síntomas de neurosis, esto se traduce en una crispación generalizada que en cualquier momento puede explotar.

Por doquier escuchamos quejas acerca de las largas horas ocupadas para atravesar los cuellos de botella que se forman en los centros urbanos, o del lamentable estado de las carreteras en distintos puntos del país donde los niños tapan los baches a cambio de unos centavos. Accidentes que cobran decenas de vidas, producto de la negligencia patronal, siguen ocurriendo y quedan en la impunidad.

La corrupción que han naturalizado como parte del proceso de producción de riquezas, genera una justa ira que hacer hervir la sangre ante el descaro y la mezquindad que han provocado el empobrecimiento de la población. Se percibe entre la gente un hartazgo producido por tantos años de padecer la violación de sus más elementales derechos. Ante la voracidad de los proyectos extractivistas que ponen en riesgo la vida, es comprensible que haya prendido la chispa de la defensa de los territorios. Si no detenemos la destrucción desarrollista, nuestros sueños de una vida digna en Guatemala se pueden extinguir.

Razones para andar con los pelos de punta hay de sobra: solo con lo que los medios transmiten ya es suficiente, pero como además nos vamos enterando sobre casos cercanos de asaltos, jóvenes desaparecidas, violaciones a los derechos de los pueblos, contaminación y despojo de fuentes de agua, eso indudablemente nos irrita y exaspera, nos provoca la justa ira que surge ante los abusos que se cometen cada día en todo el país.

En estas condiciones es fácil sembrar tempestades: las bolas y los chismes, las provocaciones e insultos, las rivalidades y la competencia, así como las envidias y los celos concurren para dividir a los movimientos sociales y disuadirnos de tomar alguna medida en colectivo que ponga fin a la injusticia. No olvidemos que son los responsables del caos los que tienen que entregar cuentas y resarcir los daños. Si en realidad queremos que el sistema cambie, es preciso también transformar de raíz nuestras relaciones con el prójimo y con el entorno. Si no es así, es pura casaca.

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