Martes 20 DE Noviembre DE 2018
Opinión

El polígrafo humillante

La supuesta prueba de la verdad.

— Méndez Vides
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La desconfianza en nuestra región, tan sacudida por el escándalo, condujo a la sociedad al juicio indigno del polígrafo. Ahora se es culpable hasta que no se demuestra lo contrario ante el altar sagrado del detector de mentiras. Ya no bastan los registros, las cámaras, las investigaciones, sino hay que conectarse a una máquina humillante, que por lidiar con emociones bien podría perderla el inocente y ganarla el culpable.

Los trabajadores tienen que amoldarse durante su peregrinación en busca de empleo, porque tras completar el grueso expediente de constancias, antecedentes y grados académicos, deben pasar largas entrevistas y superar la prueba del polígrafo. Al menos ya no se exige la aberración del desnudo para confirmar la ausencia de tatuajes.

Algo está mal y los posibles sospechosos terminan haciendo fila ante la dichosa máquina. Lo curioso es que los usuarios creen a ciegas en el resultado de dicho aparato mientras los jóvenes se mueren de la risa y hasta se ufanan de saber aplicar el método de la tachuela en la planta del pie, que presionan cuando empiezan las preguntas de prueba, y liberan cuando se anuncia una difícil para compensar la emoción. Una simple máquina no puede contra la inteligencia humana. Si lo logran, ya pueden mentir, robar y engañar tranquilamente porque el polígrafo los protegerá.

En la red hay manuales detallados sobre cómo engañar al detector de mentiras. Se enseña al interesado a mantenerse en guardia, a reconocer los tipos de pregunta y se explica cómo respirar y responder en cada caso, porque hay que prepararse previamente para no dejarse engañar y resultar confesando lo imposible, así que el secreto está en “parecer” honestos.

Una mujer me contó su tragedia. Perdió la prueba luego de demostrar su habilidad y superar la entrevista, porque la ingresaron de sorpresa a un cuarto cerrado donde la conectaron al aparato. Luego del control empezaron con las preguntas íntimas, que si alguna vez había tenido relaciones sexuales con un ladrón, y ella tuvo que responder afirmativamente para no fallar a la verdad. Salió llorando no por la oportunidad perdida, sino por la memoria abierta de su triste pasado.

Las preguntas pueden ser humillantes, y se las hace a individuos que en principio no han hecho mal a nadie, aspirantes a un empleo o víctimas circunstanciales. Y lo peor de todo es que los delincuentes pasan tranquilamente la prueba. Estamos en las manos de máquinas que juzgan, perdiendo el respeto y la dignidad.

No basta con acarrear presos de elite a los juzgados, empeñados en largos procesos que el tiempo borrará. Para que Guatemala recupere la cordura hay que empezar por eliminar las prácticas indignas que solo multiplican la desconfianza y deshumanizan a los ciudadanos.

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