Lunes 23 DE Septiembre DE 2019
Opinión

La costosa e inútil Contraloría de Cuentas

El injusto calvario del servidor público.

 

Fecha de publicación: 27-07-16
Por: Antonio Arenales Forno

La voracidad y la insaciable codicia de los funcionarios corruptos y de quienes con ellos hacen negocios, crece al mismo ritmo que crecen las normas y la burocracia de la Contraloría de Cuentas. Y de nada sirve, porque las muchas normas y los muchos auditores se dedican a complicar y dificultar las compras y contrataciones del Estado y poco y mal hacen en la comprobación de la existencia o calidad de lo comprado o contratado.

La Administración Pública está paralizada en un mar de regulaciones, requisitos, prerrequisitos, rubros, códigos, registros, condiciones, formularios, sistemas informáticos, aprobaciones, revisiones, comprobaciones y mucho más, cuyo cumplimiento demanda una creciente burocracia institucional, que requiere para su control una igualmente creciente burocracia en la Contraloría General y sus múltiples agencias y subagencias.

De ese absurdo e inútil caos surgen los “hallazgos”, los “reparos” y las elevadas multas que atormentan a los funcionarios y empleados públicos a quienes se exige obtener el “Finiquito” que nunca es definitivo, ni tan siquiera da certeza alguna sobre lo ya evaluado. Comprar un lápiz o pagar un servicio básico como la luz, puede dar lugar al “hallazgo”, al “reparo” y a la multa, porque se utilizó el rubro equivocado, faltó un dato a un formulario o registro, intervino un empleado no autorizado o cualquier otro absurdo sin sentido.

Mientras altos funcionarios corruptos pueden exhibir sus múltiples finiquitos, aplaudidos por sus cómplices o sus socios en compras y contrataciones, miles de empleados y funcionarios pierden sus empleos o padecen penas para pagar multas, por absurdos, ridículos e inútiles hallazgos y reparos. Si objeta y cuestiona, su alternativa será, o años de litigio con desempleo o aceptar, pedir rebaja y pagar, una, otra y otra vez.

Los archivos de la Contraloría seguirán creciendo, pero nunca habrá en ellos constancia alguna, ni de los verdaderos fantasmas, ni de los inexistentes bienes y servicios en los que se han ido miles de millones del erario público.