Miércoles 26 DE Junio DE 2019
Opinión

Reformas: no “ocurrencias” (Primera parte)

Si es de verdad que queremos cambiar ¡Cambiemos!

 

Fecha de publicación: 23-07-16
Por: Acisclo Valladares Molina

Y, si se trata de empezar ¿Qué podría ser mejor que empezar por el principio?

Todo ser humano, medianamente juicioso, sabe que para empezar cualquier empresa se debe comenzar por hacer el inventario ¿Cómo saber –si no– con qué se cuenta?

Pues bien, en materia constitucional se hace preciso idéntico ejercicio ¿Con qué contamos? y nuestro punto de partida es, precisamente, el orden que pretendemos sustituir o reformar.

¿Por qué no realizar, entonces, el esfuerzo inicial de conocerlo, máxime cuando es a su amparo –al amparo de las normas que lo rigen– que pretendemos sustituirlo o reformarlo?

No puede la Constitución, en este sentido, sino inspirarnos el más profundo respeto puesto que es precisamente a su amparo que puede realizarse: libres de expresarnos, de asociarnos y de organizarnos –para lograr su sustitución o su reforma.

La Constitución de 1985 –esta su mayor virtud– se trata del primer texto constitucional, en Guatemala, que fue laboriosamente consensuado, a tal extremo, que, la verdad de las cosas, constituye el primer pacto de paz social que logramos establecer entre nosotros, característica que ni siquiera tuvo la Constitución de 1945, concebida como lo fue dentro de la euforia de la revolución triunfante, una euforia de la que no pudo sustraerse y así –por ejemplo– su creación, cuasi literaria, del Ejército de la Revolución, una entidad político-militar de dos cabezas o la de la autonomía municipal, carente el municipio de recursos:

Sin recursos, no hay autonomía.

La Constitución de 1985 constituye el punto de inflexión de nuestra historia constitucional y debemos verla, reitero, con profundo respeto –la primera, también lo reitero, que fuera consensuada– reconociendo en ella sus aciertos y también sus errores ya que, si no lo hacemos así, será lo más probable que en vez de dar un paso hacia adelante, demos muchos hacia atrás: las “ocurrencias” no solo amenazan sino que abundan.

En mi criterio el tema toral de una reforma o de una sustitución total del orden constitucional tendría que ser lo único que es capaz de justificar un esfuerzo semejante: la plurinacionalidad del Estado –un pacto de paz social que surgiera de un consenso en el cual, como pueblos, como naciones, participáramos en su formulación– y en esa calidad –cuántos constituimos el Estado.

La insurgencia armada no fue parte de la Constituyente de 1985 pero los constituyentes tuvieron el tino de comprender lo que pasaba y, aunque ausente, se tomó en cuenta la protección del ser humano –la de todos– como la razón de ser misma del Estado.

La insurgencia armada y quienes propiciaban la toma del poder por la fuerza reconocieron en la ciudad de Oslo, Noruega, la legitimidad del orden constitucional establecido, imperfecto y perfectible, pero legítimo, habiendo sido tal reconocimiento el punto de partida para que la paz fuera posible –la Constitución, el referente– pudiéndose, incluso, la reforma o sustitución del orden constitucional pero siguiendo los pasos por este establecidos para hacerlo.

En nuestro inventario, pues, en una primera apreciación de conjunto, un mérito en el texto constitucional que es innegable y que resulta suficiente para que lo veamos con el inmenso respeto a que convocó: si no hubiera sido por la Constitución de 1985 y el orden constitucional por esta establecido, no hubiera sido posible aquella firma que puso fin a los 36 años de lucha armada, el irregular enfrentamiento entre quienes quisieron por las armas hacerse del poder y quienes lo sostuvieron, por las armas.

Si el final de aquella lucha fuese el único mérito de la Constitución de 1985, suficiente mérito tendría.

(Continuará el martes 26)