Domingo 17 DE Febrero DE 2019
Opinión

La fiesta de la lectura y de los libros (IV parte final)

A mi retorno a Guatemala, he leído y apreciado a los autores recientes como Maurice Echeverría, Francisco Pérez de Antón y Rafael Romero.

— Eduardo Antonio Velásquez Carrera
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Mi generación creció después de la caída del coronel Jacobo Árbenz Guzmán en junio-julio de 1954, a manos de la intervención norteamericana, liderada por el Departamento de Estado y ejecutada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), y la conspiración oligárquica guatemalteca y el clero reaccionario. Por ello, cuando nos llegó la adolescencia y posteriormente la adultez temprana, comenzamos a estudiar los problemas sociales de Guatemala. Ya el país se encontraba en pleno conflicto armado interno. Había muchos guatemaltecos exilados, pero podíamos ir leyendo gracias a publicaciones como Lanzas y Letras, que Antonio Móvil editaba; Alero, todo un icono de las mejores revistas de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac), en la que, además de Roberto Díaz Castillo, contribuyeron intelectuales y artistas como Mario Monteforte Toledo, Luis Cardoza y Aragón, José Pepe Mejía, Arnoldo El Tecolote Ramírez Amaya, Marco Antonio El Bolo Flores, entre otros. En esas revistas se podía leer lo que a nuestra generación le fuese vetado, especialmente generando un vínculo entre la intelectualidad guatemalteca en el exilio y la resistencia interna en el país. Poco a poco comencé a leer la obra literaria de muchos de ellos. Recuerdo haber leído de Monteforte Toledo, Entre la piedra y la cruz; de Cardoza y Aragón Guatemala, las Líneas de su mano, del Bolo Flores, Los Compañeros y algunos cuentos y novelas de Pepe Mejía, además de Jornadas y otros cuentos de Dante Liano. De Roberto Díaz Castillo, Las Redes de la Memoria, cuando retornó del exilio. Comencé por aquellos años a conocer las obras y el pensamiento de Edelberto Torres-Rivas –a quien se le dedico la Filgua 2016 y autor de un clásico que leí entonces titulado Procesos y estructuras de una sociedad dependiente: El caso de Centroamérica–, Jorge Mario García Laguardia, Antonio Fernández Izaguirre, José Luis Balcárcel, Carlos Navarrete, Jorge Sarmientos, Amérigo Giracca, José Barnoya, Mario René Chávez y Enrique Muñoz Meany. De los literatos guatemaltecos, leí por entonces, a César Brañas –autor de Viento Negro– y a Flavio Herrera –autor de la trilogía El Tigre, La Tempestad y Caos–; entre otros.

Ya acercándonos a los autores que leí en los años que viví en el Brasil, no puedo dejar de recordar los poemas de Fernando Pessoa, las novelas de Jorge Amado, la afilada y dolorosa poesía del peruano César Vallejo y la alegría que me causó leer a Miguel Ángel Asturias en portugués con su Weekend en Guatemala y de Arturo Arias Itzam ná: A casa das lagartijas, quien había ganado el premio de la Casa de las Américas, de Cuba, por aquellos días. En un viaje de fin de año, a la casa de mis viejos, pasé por San José, Costa Rica y pude comprar varios libros, entre ellos El Esplendor de la Pirámide de Mario Roberto Morales. De todo esto ya han pasado treinta y dos años. A mi retorno a Guatemala, he leído y apreciado a los autores recientes como Maurice Echeverría, Francisco Pérez de Antón y Rafael Romero. De Pérez de Antón leí y me deleite con Los hijos del incienso y de la Pólvora, El Sueño de los Justos y Callejón de Dolores. Y de Rafael Romero su trilogía bartoliana: El elegido, Chichicaste y Zánganos. De ambos autores, escribí en estas páginas, columnas de opinión al respecto. Este es el último fin de semana de Filgua 2016 y se presenta hoy sábado a las 11:00 horas el libro Atemorizar la tierra: Pedro de Alvarado y la Conquista de Guatemala, 1520-1541, publicado por F&G Editores, entre otras novedades. Asista, los libros no muerden.

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