Miércoles 21 DE Noviembre DE 2018
Opinión

Butacas y flor de loto

En este país ya no se puede vivir con tanto político ladrón, marero extorsionista…

 

— Edgar Gutiérrez
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Hay un elefante en medio del salón y nadie lo alude directamente. Todos estuvimos tan cómodos en nuestras butacas tantos años, y desde allí quejándonos siempre de la inseguridad y la corrupción, de los desgobiernos y el mediocre crecimiento económico, de los ‘saboteadores del desarrollo’ y los ‘explotadores sin límites’. Pero bastó que unos fiscales independientes localizaran una ‘línea’ negra, la sacudieran y exploraran a fondo para que nadie estuviera otra vez cómodamente sentado: la ‘línea’  pasaba justo bajo nuestras butacas y el piso entero se agrietó hasta donde alcanza la vista.

Imperceptiblemente ese mal que decimos aborrecer, porque nos asfixia, nos había invadido ofreciéndonos un amplio código no escrito pero funcional de relaciones sociales, políticas y comerciales. Un hábitat donde la ley era real para impedir que ocurrieran cosas de buena fe, y a la vez era mampara o un formalismo para que detrás o debajo de ella fueran posibles todos los deseos y posibilidades de quienes pudieran pagarlos –aun a regañadientes– u ofrecer un favor equivalente a cambio. Así se operaba y sutilmente se obligaba a operar a casi todos en el sistema de un mundo paralelo, y muy real.

Es tremendo hacer las preguntas, pero ¿cuál era la calidad de la construcción de un sistema político, de por sí tan mal reputado, que con solo mover la insignificante ‘línea’ negra de las ‘plazas fantasmas’ se desmorona irremediablemente cada edificio o casa de partido político, incluso de dirigentes creíbles? ¿De qué ingredientes está hecha nuestra economía que con el simple ajuste de cuentas de la tributación se estremecen tantísimos edificios, monumentales, medianos y chicos? ¿Y qué decir del cada vez más extenso mundo profesionista y de las burocracias (públicas y privadas), donde radica la masa gris de este diseño y los mejores mecánicos que le dan mantenimiento a diario con aceitera en mano? Y por fin, ¿qué fe construyó nuestros suntuosos templos de oración?

Nos volvimos los exploradores de la isla en la Odisea de Homero, comimos flor de loto y olvidamos nuestra misión como sociedad. Tendremos que despertar, aunque, como en la mitología griega Ulises nos tenga que llevar atados al barco.

Y no podemos dejar de hablar de otros elefantes que subrepticiamente están siendo pintados de rojo en medio del salón, y que servirán para que en nombre de la cómoda butaca y la flor de loto, tirios y troyanos expulsemos a los injerencistas y sus agentes, tapemos con discreción las grietas del sistema que, vergonzosamente, dejaron al descubierto la ‘línea’ y sus ramificaciones, y entonces sí, volvamos a la normalidad quejumbrosa de todos los días: en este país ya no se puede vivir con tanto político ladrón, marero extorsionista, vagos, acarreados y limosneros de la comunidad internacional; la corrupción es una insoportable plaga de langostas que nos acecha por doquier.

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